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Progres de lujo

La desfachatez de los progres de lujo, de quienes Federico Mayor Zaragoza es un destacado representante, no conoce límites. Un día dicen que la causa de la pobreza del Tercer Mundo es que los países desarrollados les impiden vender sus productos en sus mercados con barreras arancelarias. Al día siguiente, dicen que la causa de la pobreza hay que buscarla, más bien, en la exportación de materias primas a los países del primer mundo, la cual les priva de sus recursos naturales.

Proponen que los gobiernos de esos países se endeuden para explotar ellos mismos esos recursos y expulsen a las "rapaces multinacionales" que se apropian de la riqueza del país. Y cuando fracasan estrepitosamente –condenando a la miseria a sus súbditos, pues no tienen ni la menor idea de cómo se crea la riqueza– lo achacan a la codicia y mala fe de quienes les prestaron, puesto que "ahogan" su desarrollo al tener que pagar intereses y devolver lo prestado, tal y como hace todo mortal residente en países civilizados.

Acto seguido, exigen que se condone la deuda a estos países, y además, que los países ricos regalen el 0,7% de su producción en nombre del humanitarismo y la compasión. Pero condenan la globalización y todas las instituciones que hacen posible generar esa riqueza que ellos exigen se les ceda para que puedan "donarla" a gobernantes con mentalidad tribal, que no distinguen entre el patrimonio personal y las finanzas públicas y que tienen un escaso respeto por la vida, la dignidad de la persona y la propiedad de sus gobernados. Aunque aquí, todo hay que decirlo, son coherentes, pues son éstos los valores que hacen posible la globalización.

Otro día dicen que la globalización no existe, pero al día siguiente propugnan un gobierno mundial, donde sean ellos los que repartan la riqueza que otros han producido, ya que la globalización los distribuye mal, y sólo ellos y sus burócratas de la ONU, almas puras y cándidas transidas de amor al prójimo y totalmente desinteresadas –todos sabemos que sus sueldos apenas alcanzan el mínimo de subsistencia– conocen de primera mano las desdichas del Tercer Mundo y tienen una idea clara de lo que significa justicia, libertad y democracia. No en vano, muchos de ellos flirtearon con el comunismo y el estalinismo en su juventud, y aún conservan bastantes adherencias de esa filosofía política tan saludable, cuyo principal logro es haber "salvado" de la explotación capitalista a cien millones de almas, procurándoles un pasaporte para el otro mundo.

La lista de incoherencias y necedades podría alargarse hasta el infinito, pero no hay que aburrir al lector. José Ignacio del Castillo citaba recientemente en uno de sus artículos a Isabel Patterson, quien comparaba los afanes de estos progres de lujo –con cargo de conciencia por disfrutar de una riqueza y bienestar que ellos no han producido y que ni siquiera se han tomado la molestia de averiguar qué instituciones y procesos han hecho posible producirla– "con el deseo infantil de resultar premiado en la lotería con 500 millones, para repartir 400 y así conseguir ser apreciado por los mendigos que han recibido el donativo. Si al niño se le ofrece que en vez de ganar él la lotería, los pobres van a conseguir el dinero directamente mediante sus capacidades y que él no va a aparecer en la historia, el resultado incluso mejor, no le interesa en absoluto".

Pero no hay que culparles de todo. Comparten su responsabilidad por el padecimiento de los pobres aquellos quienes les prestan oídos, les ceden foros y pagan sus sueldos y sus conferencias. Bien mirado, son estos últimos los principales responsables de los desmanes que provocan los filántropos de salón al estilo Mayor Zaragoza.

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