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Libro del día. M.Aguéev, "Novela con cocaína".

Marta Pardo
La negación final


Hasta hace pocos años, el lector de Novela con cocaína podía, además de quedarse asombrado con la obra, abandonarse a las especulaciones acerca del autor ruso que se escondía tras el seudónimo de M. Aguéev. No se sabía el verdadero nombre del mismo, ni si su origen era judío- aunque se suponía- ni los detalles de su exilio en Estambul. Existía incluso la sospecha de que viviera oculto tras su verdadero nombre, resistiéndose a los anuncios que, en los años ochenta, fueron publicados en París y Estambul para dar con su paradero. Ahora, esos misterios han sido desvelados, como sabemos por esta nueva edición del libro. Marko Levi, el autor, murió en el año 1973, y fue profesor de lenguas en Constantinopla. No escribió más que esta novela, además de unos pocos relatos sueltos. Y, sin embargo, ninguno de estos datos de la realidad deshace la impresión de estar ante una obra misteriosa y turbadora.

La acción, si así podemos llamar a las inconexas memorias de Vadim Maslennikov, se sitúa en los años de la Primera Guerra mundial, años de formación adolescente en el instituto, y termina en “las heladas de enero de 1919”, como califica ese periodo de la historia rusa el anónimo narrador que cierra el libro. ¿Qué hay en esos pocos años? El retrato moral del protagonista, su caída en la droga y, en claroscuro, los años de algo tan sombrío como la trayectoria de Vadim, la revolución emergente, que se condensa en la frase final del libro como el fin de cualquier esperanza.

La primera parte del libro gira en torno a la maldad del personaje central, concienzudamente descrita, subrayando sus aspectos más repugnantes. Tiene como correlato el carácter bondadoso e indefenso de las víctimas, su madre, la anciana nodriza o una pobre muchacha a la que condena a la “mutilación” de su vida o “quizás incluso a la muerte”. Es una maldad que se exhibe desde la conciencia de sí misma, sin tapujos, con el goce salvaje de la inutilidad. Pero es una maldad demasiado literaria para ser tomada muy en serio. Nos recuerda los afanes del decadentismo por convertir la literatura en emanaciones mefíticas que se arrojan a la cara de los lectores “bienpensantes”. El análisis posterior de sus actos lleva a Vadim a inscribir el mal en el seno del alma humana, unido indisociablemente a los impulsos puros o nobles. No es ésta tal vez la parte más interesante del libro, ni tampoco la reflexión acerca de lo que él llama “disociaciones” de su espíritu, la más importante de las cuales se refiere al amor frente a una sensualidad que emerge sólo con la degradación del ser amado.

Hay partes que sobreviven mejor al tiempo, como el retrato de sus condiscípulos y profesores del instituto, porque en ellos vemos la vida tumultuosa y apasionada de las ideas que configurarán las tragedias del siglo: el antisemitismo, la búsqueda de una comunión con el alma rusa, las diversas interpretaciones de la Guerra, la relación entre el individuo y la masa, los mensajes del cristianismo del “gentilhombre de Yasnaia Poliana” ...y el socialismo. Aunque el protagonista actúa como testigo y no enarbola más bandera que la de su propia disolución moral, éstas son páginas en que la prosa se despliega con gran ardor y brillantez, henchida de sus propios contenidos.

Y está, por último, la parte dedicada a la droga. Descripciones frías y brillantes imágenes, desplegadas como lienzos, en que el mundo desaparece en la alucinación. Un momento sólo de felicidad y luego el dolor. Para siempre. Búsquedas desesperadas en sucesivas tomas, cuya angustia se compara a la del escritor que no podrá continuar su magna obra y, aun sabiéndolo, aletea una y otra vez contra su impotencia. Queda algo peor, la explicación desde la consciencia, no desde la voluntad débil, del porqué Vadim no se sustraerá a la droga letal.

Las palabras finales nos recuerdan el delgado hilo que une al individuo con su época, y se abren a una dimensión que percibimos más atroz . Después de ellas, el autor podía ya guardar silencio.

M. Aguéev: Novela con cocaína. Trad. Víctor Gallego Ballestero. Ed.Alba. Barcelona, 2001. 264 págs. 2800 pts.

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