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El PP ya no es la vacuna anticorrupción

El escándalo Gescartera, el primer gran caso de corrupción de la "era Aznar", es ya una realidad pública y reconocida por todas las partes. Este gran agujero negro del Gobierno del PP lleva camino de convertirse, si los propios populares no lo remedian, en una de las cuestiones "estrella" de esta legislatura. Gescartera puede ser la ruina del que iba a ser el año "glorioso" de Aznar en el plano internacional. El escándalo, no hay que engañarse, no está ni mucho menos cerrado. Aquí hay mucha tela que cortar y que aclarar.

Pero, en fin, además de analizar la actitud y las reacciones del Gobierno con su presidente al frente, de lo que nos hemos ocupado en las últimas semanas, ahora aparece ante nosotros el futuro. Este tiene dos grandes incógnitas. ¿Es Gescartera el único escándalo de corrupción del PP? ¿Sabrá el Gobierno llegar hasta el final y que Gescartera no se convierta en un permanente reproche a la incapacidad del Ejecutivo de atajar de raíz la corrupción?

No siendo futurólogos, poco podemos decir sobre el primer interrogante. Pero, no debería asombrarnos que otros casos aparecieran a la sombra de la mayoría absoluta. Aunque esos nuevos casos no sean responsabilidad directa del Gobierno, este tendrá que aprender de lo ocurrido con Gescartera. La actitud huidiza, despectiva y ramplona que inicialmente lucieron varios de sus ministros no es de recibo y, además, les coloca a la defensiva.

A los ciudadanos les preocupa la corrupción, pero más les preocupa tener un Gobierno que se desconcierta y que está más pendiente del qué dirán que de solucionar los problemas. El Ejecutivo de Aznar no supo estar a la altura de las circunstancias cuando surgió el escándalo Gescartera. Ha tardado mucho tiempo en reaccionar con coherencia. Esperemos que en este terreno tengan la lección bien aprendida.

Respecto al segundo interrogante, hay que decir que en él está la clave de futuro. El Gobierno no sólo ha de poner en marcha investigaciones claras y abiertas a todos. Tendrá que llegar hasta el final, exigiendo las dimisiones necesarias y actuando con valentía. Está de por medio el prestigio del área económica del Gobierno. Rodrigo Rato y Cristobal Montoro no pueden eludir sus responsabilidades, directas o indirectas. Especialmente el segundo, que ha trabajado puerta con puerta con un secretario de Estado que no parece que ejerciera sus mejores artes, y el ministro sin enterarse.

Ese es el problema, en algunos Ministerios puede haber miedo a llegar hasta el final, entre otras razones, porque llegar hasta el final significa salpicar también a los "jefes".

El Gobierno, con el caso Gescartera, debe marcar un estilo a la hora de cortar por lo sano los casos de corrupción. Los paños calientes, a la larga, son perjudiciales. Si con el escándalo de Gescartera el Ejecutivo se queda a medias, es triste decirlo, la veda quedará abierta. El PP ya no es la vacuna anticorrupción.

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