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Antirracismo asimétrico

Hemos oído hace pocos días decir al máximo responsable de la ONU, Kofi Annan, que uno de los principales problemas que debe afrontar el mundo es el racismo. Antiguamente, por racismo se entendía discriminación en función del color de la piel, independientemente de la educación, cultura o tradiciones de una persona. Y cuando es así, la verdad es que los racistas no son más que pobres ignorantes que temen u odian irreflexivamente lo que es diferente.

Sin embargo, los fanáticos del multiculturalismo entienden hoy por racismo, la mayoría de las veces, los choques entre la cultura occidental y las religiones, culturas o formas de ver y estar en el mundo distintas a las occidentales.

Pero por más esfuerzos de persuasión que desplieguen los “progres” bienpensantes, no podrán conseguir que todas las culturas sean equiparables. No pueden serlo cuando defienden valores diferentes u opuestos entre sí. No es posible cerrar los ojos ante los resultados prácticos que las ideas y las formas de ver el mundo y la realidad producen en unos casos y en otros. Si fuera verdad que todas las culturas fueran iguales o equivalentes, en el mundo no veríamos contrastes tan grandes entre los países donde ha arraigado la cultura occidental, por un lado, y los que aún permanecen anclados en tradiciones culturales, políticas y religiosas que lastran o impiden el progreso (África, los países islámicos, la India, China, etc.). Pero no es el caso. No se trata de absurdas distinciones en función del color de piel, como los multiculturalistas pretenden hacernos creer. Se trata de diferencias culturales, algunas veces insalvables.

Si los multiculturalistas fueran al menos coherentes, denunciarían y condenarían por igual cualquier clase de racismo, aun en el sentido amplio que ellos le dan, esto es, el que incluye diferencias culturales o religiosas. Sin embargo, para los multiculturalistas –blancos en su inmensa mayoría y con un absurdo complejo de culpabilidad por haberse educado en la civilización más libre y próspera de la Historia, que nuestros antepasados nos legaron a base de sacrificios y duro trabajo– sólo los blancos son reos de culpa en el tribunal internacional del racismo, del que ellos son los jueces supremos.

En Zimbabwe –la antigua Rodesia– tenemos un claro ejemplo de esto. El presidente Mugabe, elegido más o menos democráticamente, pretende echar a patadas a los blancos, según los consejos de Gadafi, otro “gran amigo” de Occidente, quien no hace mucho se dio una vuelta por el país africano para esparcir un poco de su veneno. ¿Por qué las organizaciones humanitarias y los informativos no airean todos los días a la hora de comer y de cenar los desmanes de los sicarios de Mugabe, quienes destruyen y se incautan de los bienes y de las haciendas de los blancos con la connivencia gubernamental?. Seguramente la “raza opresora” no merece la solidaridad ni la atención del mundo, los blancos están recibiendo su “justo” castigo por haber transformado una selva inhóspita en tierras fértiles y productivas. Las mujeres y los hijos de los propietarios blancos han tenido que huir de su casa y de su país. Pero ellos no están desvalidos porque, aunque lo hayan perdido todo, son blancos, y los blancos “nunca” necesitan ayuda, antes al contrario, están “moralmente obligados” a prestarla siempre que se les pida. Para eso son blancos y ricos. ¿Por qué los burócratas de la ONU no se rasgan esta vez las vestiduras ni proponen el envío de cascos azules? Probablemente porque, esta vez, no son musulmanes ni “subsaharianos” quienes sufren las agresiones.

¿Por qué ninguna ONG “progre” se interesa por la esclavización de los cristianos en Sudán? Porque profesan la religión de los blancos y, ya se sabe, todo lo que les pase a los blancos les está bien empleado, por haber “robado” al tercer mundo sus riquezas y por haberle “impuesto” su cultura y su civilización. Menos mal que algunos multiculturalistas son incoherentes y se oponen a la ablación de clítoris y a la reducción de la mujer a mero objeto de placer e instrumento de reproducción. La cultura occidental también tiene sus cosas buenas.

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