¡Como han cambiado las cosas! En sólo dos años han pasado de la amistad a una discreta relación. El “plantón” que Berlusconi ha dado a Aznar, anulando una invitación para que los dos matrimonios cenaran en la mansión del jefe del gobierno italiano en Milán, es una realidad que nos enseña dónde están las cosas. Es evidente que la relación personal entre los dos jefes de Gobierno no pasa por su mejor momento.
Hay que recordar que el presidente del gobierno español fue el introductor de “Forza Italia”, la coalición liderada por Berlusconi, en el partido popular europeo. Más tarde, Silvio Berlusconi, entonces en la oposición, se convirtió en el primer entusiasta de la política económica del Gobierno español. Luego llegaron los desencuentros. Berlusconi acudió a la invitación de Aznar participando en la campaña electoral en el País Vasco, mientras que el presidente del Gobierno español no le devolvió la visita evitando participar en la campaña electoral de los últimos comicios italianos.
Y ahora, llegan los celos. Berlusconi aspira a ser presidente del partido popular europeo en sustitución de José María Aznar. El presidente español sabe además que ésta es una posibilidad que nadie puede descartar si, en las próximas elecciones europeas, “Forza Italia” consigue más diputados en su circunscripción que el Partido Popular en España.
Todavía se acuerdan en Italia cuando el presidente Aznar acudió por primera vez al foro Ambrosetti, a orillas del lago Como. Entonces sólo se hablaba de las “recetas económicas” de Aznar y de la recuperación mágica de España. Dos años después, todo ha cambiado. José María Aznar llega al foro deprisa y corriendo, y el primer ministro italiano se excusa para no recibirlo. ¡Esto ya no es lo que era!
Sólo hace dos años, Aznar fue la estrella de un foro que reúne a toda la flor y nata del empresariado italiano y por el que pasan políticos de medio mundo. Ahora, la estrella del presidente del Gobierno español está un poco más apagada. Y es que, en política, los halagos son flor de un día y hay que ser exageradamente prudente a la hora de elegir las amistades.

Segundas partes nunca fueron buenas
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