Y usted, ¿dónde estaba cuando murió Lady Di? Esa pregunta, que sirve para pautar la vida de varias generaciones de británicos, se convierte en un elemento fundamental para los personajes de Trapos sucios, novela corta de David Lodge, refundición de la obra teatral homónima que el autor estrenó con gran éxito en 1998. El trasvase de géneros condiciona el libro, a cuya representación inevitablemente asistimos, pero no resta ningún mérito a las situaciones y a los diálogos, cargados de la ironía y la gracia peculiares de este autor.
Samuel Sharp, Adrian y Eleanor Ludlow, tres de los principales personajes, tienen muchos trapos que lavar, y lo malo es que han accedido a su condición de adultos cincuentañeros escondiéndolos bajo la alfombra. Algunos, se refieren a las mentiras vitales a las que todos recurrimos para seguir adelante: para alargar un amor, un matrimonio, para soportar el peso de los años y la nostalgia de los caminos que no se transitaron. Otros, tienen que ver con los años sesenta, aquéllos en que, de verdad, tantas personas creyeron reinventarse el mundo. Y otros, en fin, son más concretos: las miserias y vanidades de la gloria artística o literaria.
Sam es autor de guiones --un poco basura pero muy exitosos-- para televisión, y Adrian es un novelista en el ocaso de su creatividad. Sobre ambas condiciones extiende el autor su sátira. No es necesario ponerse freudiano para dejar al descubierto el cálculo egocéntrico, la frustración y las claudicaciones de tantos escritores. Todo aquello que el mitómano no querría saber nunca acerca de sus ídolos; los pies de barro de los libros que guiaron la adolescencia. Y es aquí cuando interviene el cuarto personaje, la intrépida reportera Fanny Tarrant, descrita con la precisión de la víctima. Es como las de su especie, viene a decirnos David Lodge, o sea, un personaje sin escrúpulos, manipulador, hábil en ganarse la confianza de la gente para después traicionarla y destrozar su serenidad, según las amargas palabras de Eleanor, que también ha caído bajo sus garras. Fanny husmea la carnaza y la coloca en el escaparate de los medios. Es una forma como cualquier otra de ganarse la vida. Y muy rentable, además.
La verdad queda al fin al descubierto aunque sea por caminos torcidos, parece ser la triste conclusión del libro. Pero, ¿acaso le interesa a alguien la verdad? El éxito de aves carroñeras como Fanny o series televisivas como las de Sam demuestra lo contrario, la tendencia a suspender el escrutinio de lo propio para saquear lo ajeno. Colgar nuestra vida de una percha y asomarnos a otras más brillantes o agitadas. Y ahí, por mucho que le pese a Fanny Tarrant, hay jerarquías indiscutibles. Una princesa de maravillosas piernas y vida irregular deslumbrará siempre más que un escritor fracasado. Hubo un día en que Lady Di reinó en las vidas de todos, y a algunos, como los protagonistas de Trapos sucios , les salvó de arruinar la suya.
David Lodge : "Trapos sucios" . Edit. Anagrama, Barcelona, 2001. 145 págs.
