Un marco estratégico
La máquina militar de Estados Unidos ya está a plena marcha y es tecnológicamente impresionante: aviones que no pueden ser detectados, aviones cargados de tanta electrónica que “ciegan” los radares, submarinos y cruceros capaces de saturar Afganistán con mísiles Tomahawk, aparatos de combate; toda esta “Armada Invencible” se va congregando desde distintos puntos del planeta.
La incógnita del momento es saber hasta qué punto la administración de Estados Unidos percibe la realidad del desafío. En primer termino, no se trata de destruir una organización terrorista, sino de terminar con un entramado de grupos con bases en Egipto, Argelia, Irán, Palestina, Líbano e incluso Irak (a pesar de su secularismo) que, a lo largo de las ultimas décadas y particularmente a partir de 1996, se organizaron en lo que se conoce como “Hizballah Internacional”, uno de cuyos líderes es Osama bin Laden, pero no es el único.
El ataque a Afganistán va tener lugar, no se demorará mucho más. Sin embargo, ya se convirtió en una pesadilla para los planificadores aéreos; unos pocos y anticuados radares, tal vez unos misiles, algunos viejos antiaéreos, no hay fuerza aérea enemiga que merezca el nombre de tal, no hay sistemas de Comando, Control, Comunicaciones e Inteligencia ni nudos telefónicos. En síntesis, un par de días de “trabajo” para la fuerza aérea, y esto suponiendo que Afganistán decida involucrar a sus “fuerzas armadas” en el conflicto.
Los problemas reales
No hay blancos para el poder aéreo, el propio George W. Bush declaró frente a un grupo de senadores: ¿Qué sentido tiene enviar misiles que cuestan $2 millones de dólares cada uno para destruir una tienda vacía que vale unos $10 dólares? Luego habría que pensar en poner tropas en el terreno, no en la forma de una “invasión” estilo soviético, sino en “raids” de fuerzas especiales con cobertura aérea. Esto plantea, sin embargo, no pocos problemas; desde dónde lanzarles es uno de ellos: ¿Pakistán, Tayikistán, Uzbekistán, Irán? Pero, aun resuelto esto, ¿cuál sería el propósito de los “raids”? Capturar o matar a los terroristas. Claro que, para ello, hay que encontrarles primero; y puesto que los campamentos habituales están vacíos desde el 10 de Septiembre, lograr hallarles implica poseer información de sus movimientos en “tiempo real”.
Durante toda la administración Clinton, la inteligencia de Estados Unidos fue confiando cada vez más en la tecnología y menos en el ser humano; se consideraba que Afganistán era un punto irrelevante del planeta. A lo que, además, hay que añadir la tesis de los últimos meses de la administración Clinton: “tenemos a Bin Laden en una caja”. Suprema muestra de confianza infundada que ha servido de base para la acumulación de los trágicos errores que hicieron posible el 11 de Septiembre.
La inteligencia estadounidense carece, además, de personal realmente útil en Afganistán, y resulta dudoso que el ISI (Servicio de Inteligencia Pakistaní, dirigido por oficiales adictos a Bin Laden y sus creencias) vaya a solucionarle la papeleta. Lo que pueda reunirse quedará, pues, librado a la capacidad y buena fortuna de los grupos que pudieran insertarse en misiones de búsqueda, pero, obviamente, la posibilidad de sufrir bajas humanas aumenta geométricamente.
La llamada Alianza del Norte, el grupo de afganos que aún mantenía una porción del país libre de los Taliban, puede servir como eventual base de operaciones, pero su jefe Ahmed Shah Massoud fue mortalmente herido en un atentado perpetrado por dos suicidas argelinos, horas antes del ataque a las Torres, falleciendo el pasado sábado 15 de septiembre, con lo que la “unidad” de la Alianza queda ahora puesta en peligro.
¿Qué hacer?
El ataque sobre blancos Afganos es inevitable. Políticamente, el presidente de los Estados Unidos bajo cuyo mandato tuvo lugar el atentado terrorista más importante de la historia, no podría, aunque quisiera, dejar de tomar una represalia “visible”, pero tampoco existen grandes esperanas respecto de su utilidad real en la lucha que se avecina.
Paciencia y sutileza, tal vez dos facetas que no son precisamente el fuerte en el carácter americano, serán necesarias y en grandes dosis. Tejer, con paciencia de araña, una sutil red de alianzas con los países occidentales para sumar los recursos de sus servicios de inteligencia a escala mundial será un primer paso. Lenta y delicadamente, intentar descubir el camino del dinero que se mueve de banco en banco. Infiltrar cuando y donde sea posible. Compartir inteligencia con los aliados. Hacer amigos y no “empleados” entre los servicios de seguridad del planeta. Desenmascarar a quienes, por coincidencia u omisión, son cómplices de los terroristas.
Volver a creer más en el hombre que en el microprocesador, no esperar resultados para mañana, poner a un lado el esquema burocrático. Reclutar, reclutar y volver a hacerlo; son muchísimos más en el mundo islámico quienes repudian el terrorismo que quienes le apoyan, ellos pueden ayudar. Actuar en forma multilateral toda vez que sea posible, aceptar las diferencias, no perder la paciencia y controlar la frustración, pensar que los primeros “durmientes” parecen haber sido implantados en territorio de Estados Unidos allá por 1993; luego el potencial para la existencia de redes redundantes es muy alto, casi seguro, y no será fácil mantener los nervios si vuelven a golpear, y sin duda van a hacerlo.
Finalmente, un problema más, los terroristas ya robaron más de 5.000 vidas en un sólo golpe, pensemos de qué manera, la lucha contra ellos no nos roba nuestra libertad, de lo contrario habrán triunfado en toda la línea.
La máquina militar de Estados Unidos ya está a plena marcha y es tecnológicamente impresionante: aviones que no pueden ser detectados, aviones cargados de tanta electrónica que “ciegan” los radares, submarinos y cruceros capaces de saturar Afganistán con mísiles Tomahawk, aparatos de combate; toda esta “Armada Invencible” se va congregando desde distintos puntos del planeta.
La incógnita del momento es saber hasta qué punto la administración de Estados Unidos percibe la realidad del desafío. En primer termino, no se trata de destruir una organización terrorista, sino de terminar con un entramado de grupos con bases en Egipto, Argelia, Irán, Palestina, Líbano e incluso Irak (a pesar de su secularismo) que, a lo largo de las ultimas décadas y particularmente a partir de 1996, se organizaron en lo que se conoce como “Hizballah Internacional”, uno de cuyos líderes es Osama bin Laden, pero no es el único.
El ataque a Afganistán va tener lugar, no se demorará mucho más. Sin embargo, ya se convirtió en una pesadilla para los planificadores aéreos; unos pocos y anticuados radares, tal vez unos misiles, algunos viejos antiaéreos, no hay fuerza aérea enemiga que merezca el nombre de tal, no hay sistemas de Comando, Control, Comunicaciones e Inteligencia ni nudos telefónicos. En síntesis, un par de días de “trabajo” para la fuerza aérea, y esto suponiendo que Afganistán decida involucrar a sus “fuerzas armadas” en el conflicto.
Los problemas reales
No hay blancos para el poder aéreo, el propio George W. Bush declaró frente a un grupo de senadores: ¿Qué sentido tiene enviar misiles que cuestan $2 millones de dólares cada uno para destruir una tienda vacía que vale unos $10 dólares? Luego habría que pensar en poner tropas en el terreno, no en la forma de una “invasión” estilo soviético, sino en “raids” de fuerzas especiales con cobertura aérea. Esto plantea, sin embargo, no pocos problemas; desde dónde lanzarles es uno de ellos: ¿Pakistán, Tayikistán, Uzbekistán, Irán? Pero, aun resuelto esto, ¿cuál sería el propósito de los “raids”? Capturar o matar a los terroristas. Claro que, para ello, hay que encontrarles primero; y puesto que los campamentos habituales están vacíos desde el 10 de Septiembre, lograr hallarles implica poseer información de sus movimientos en “tiempo real”.
Durante toda la administración Clinton, la inteligencia de Estados Unidos fue confiando cada vez más en la tecnología y menos en el ser humano; se consideraba que Afganistán era un punto irrelevante del planeta. A lo que, además, hay que añadir la tesis de los últimos meses de la administración Clinton: “tenemos a Bin Laden en una caja”. Suprema muestra de confianza infundada que ha servido de base para la acumulación de los trágicos errores que hicieron posible el 11 de Septiembre.
La inteligencia estadounidense carece, además, de personal realmente útil en Afganistán, y resulta dudoso que el ISI (Servicio de Inteligencia Pakistaní, dirigido por oficiales adictos a Bin Laden y sus creencias) vaya a solucionarle la papeleta. Lo que pueda reunirse quedará, pues, librado a la capacidad y buena fortuna de los grupos que pudieran insertarse en misiones de búsqueda, pero, obviamente, la posibilidad de sufrir bajas humanas aumenta geométricamente.
La llamada Alianza del Norte, el grupo de afganos que aún mantenía una porción del país libre de los Taliban, puede servir como eventual base de operaciones, pero su jefe Ahmed Shah Massoud fue mortalmente herido en un atentado perpetrado por dos suicidas argelinos, horas antes del ataque a las Torres, falleciendo el pasado sábado 15 de septiembre, con lo que la “unidad” de la Alianza queda ahora puesta en peligro.
¿Qué hacer?
El ataque sobre blancos Afganos es inevitable. Políticamente, el presidente de los Estados Unidos bajo cuyo mandato tuvo lugar el atentado terrorista más importante de la historia, no podría, aunque quisiera, dejar de tomar una represalia “visible”, pero tampoco existen grandes esperanas respecto de su utilidad real en la lucha que se avecina.
Paciencia y sutileza, tal vez dos facetas que no son precisamente el fuerte en el carácter americano, serán necesarias y en grandes dosis. Tejer, con paciencia de araña, una sutil red de alianzas con los países occidentales para sumar los recursos de sus servicios de inteligencia a escala mundial será un primer paso. Lenta y delicadamente, intentar descubir el camino del dinero que se mueve de banco en banco. Infiltrar cuando y donde sea posible. Compartir inteligencia con los aliados. Hacer amigos y no “empleados” entre los servicios de seguridad del planeta. Desenmascarar a quienes, por coincidencia u omisión, son cómplices de los terroristas.
Volver a creer más en el hombre que en el microprocesador, no esperar resultados para mañana, poner a un lado el esquema burocrático. Reclutar, reclutar y volver a hacerlo; son muchísimos más en el mundo islámico quienes repudian el terrorismo que quienes le apoyan, ellos pueden ayudar. Actuar en forma multilateral toda vez que sea posible, aceptar las diferencias, no perder la paciencia y controlar la frustración, pensar que los primeros “durmientes” parecen haber sido implantados en territorio de Estados Unidos allá por 1993; luego el potencial para la existencia de redes redundantes es muy alto, casi seguro, y no será fácil mantener los nervios si vuelven a golpear, y sin duda van a hacerlo.
Finalmente, un problema más, los terroristas ya robaron más de 5.000 vidas en un sólo golpe, pensemos de qué manera, la lucha contra ellos no nos roba nuestra libertad, de lo contrario habrán triunfado en toda la línea.
