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Esquizofrenia nacionalista

¿A qué están jugando? ¿Adónde quieren llegar? ¿Qué intenciones reales oculta el PNV detrás de esa actitud contradictoria, amarga y enfermiza? ¿Qué credibilidad puede ofrecer un Arzalluz capaz de cambiar del blanco al negro en menos de cinco minutos? El nacionalismo vasco ha encontrado en esta actitud esquizofrénica una posición “cómoda” para navegar entre tantas aguas que, al final, terminaran hundiéndose en sus propias contradicciones. El PNV se encuentra inmerso en un callejón sin salida. Ha llegado a esa situación víctima de sus propios errores y debilidades. Más preocupado por la pervivencia de sus líderes, subraya día tras día sus quejas y amarguras. El nacionalismo vasco, atrofiado en sus limitaciones, es incapaz de entender de política constructiva.

El PNV lleva mucho tiempo jugando a la independencia sin contenidos, a la reivindicación como razón de supervivencia, a la triquiñuela política, al choteo institucional. Ha representado un papel a medio camino entre la esquizofrenia y la inmadurez, entre la enfermedad y el egoísmo, entre la inconsistencia y la ineptitud. Enfundado en una amargura casi congénita, primero busca la confrontación con las instituciones del Estado, luego apuesta por la polémica y el distanciamiento y, cuando no se cuenta con ellos, montan en cólera y sacan a relucir sus intenciones más primitivas. Los nacionalistas se estancan en la provocación como estilo político. Y como único y último recurso acuden a la rabieta y al pataleo.

El nacionalismo vasco se encuentra en una dinámica de difícil retorno. Con la impronta de unos líderes cada vez más lejos de la realidad se refugia en una actitud agreste y destructiva. Son tantos años de empeño por la nada que ya no entienden de otra cosa; tanto tiempo insistiendo en una estrategia egocéntrica y sin dirección que ya están profundamente contagiados. El PNV, inmerso en una esquizofrenia enfermiza que parece irreversible, juega a la “machada” dialéctica, ajeno a que los tiempos cambian. Se están quedando como viejas piezas de museo, con una forma de hacer política que ya no se entiende y que, en ningún caso, beneficia a los ciudadanos.


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