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¿Quién es el ministro de Exteriores?

Concluido el Foro Formentor, con la presencia de los principales protagonistas del Proceso de paz de Oriente Medio, se puede afirmar que en esta ocasión ha sido un éxito. Un claro éxito, aunque no sabemos a quién atribuírselo: a la diplomacia española o a la firma empresarial que ha organizado el evento, por tercer año consecutivo.

Es verdad que el almuerzo del viernes y la entrevista entre Arafat y Peres el sábado por la mañana es un avance concreto, es un punto de esperanza que se puede atribuir a las buenas artes de la delegación española. Es cierto que el presidente Aznar ha tenido un papel relevante en el desarrollo de este Foro, sirviendo de punto de unión entre unos y otros, entre israelíes y palestinos. Pero lo que es difícil de entender y más difícil de explicar es la ausencia absoluta del ministro de Exteriores Josep Piqué. Y no es que Piqué no haya estado en Formentor, ha estado los dos días, es que el ministro de Exteriores, por lo que parece, está llamado a desaparecer del mapa.

Nadie pone en duda que Aznar se pueda llevar las fotografías, pero el ministro de Exteriores debería ser el encargado del “trabajo sucio”, de mover los hilos en la trastienda, de transmitir los mensajes a los medios de comunicación. A este ministro, que fue un brillante portavoz, se le ha olvidado hacer lo que aprendió rápidamente cuando era la cara y la voz del Ejecutivo.

Después de lo visto, definitivamente el ministro de Exteriores del Gobierno español es el propio presidente Aznar. Una realidad que tiene de trasfondo una fuerte dosis de protagonismo del jefe del Ejecutivo, pero sobre todo lo que demuestra es una imposibilidad manifiesta del ministro Piqué de realizar un papel internacionalmente decoroso. No se pueden olvidar las desafortunadas declaraciones de no hace muchos meses en Jerusalem mezclando a los palestinos y a ETA en plena campaña electoral vasca. Por supuesto la culpa entonces fue de los periodistas. Otro ejemplo más reciente lo tenemos en la crisis con Marruecos. Sin entrar en el fondo de la cuestión, sí es verdad que el ministro no ha llevado el peso de la crisis.

Apostar por el diálogo y por no aumentar la tensión, que puede ser una estrategia más o menos correcta, no puede significar desaparecer del mapa con afirmaciones melifluas y descafeinadas. Aznar puede, si quiere, asumir la política exterior española, pero no es bueno que España no tenga un ministro de Exteriores con voz propia y con protagonismo suficiente para ejercer como tal. Reducir el protagonismo al “jefe” significa renunciar a un papel específico que todo país tiene en el Ministerio de Exteriores. Y mientras no se demuestre lo contrario, España en esto no es diferente. El presidente del Gobierno debe tener un papel internacional muy importante, pero eso no puede provocar que desaparezca un Ministerio de gran trascendencia.

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