Cayó Kabul. Kandahar, muy pronto. Todo, con la precisión de un cronómetro. Desde el inicio mismo de la campaña se podía fijar fecha: el régimen de mullahs debías ser derrocado antes de que el Ramadán empezase. De lo contrario, los arrebatos de superstición que inflaman a los devotos del mes sagrado podrían crear problemas serios en países musulmanes poco estables. El calendario se ha cumplido. No podía suceder de otra manera. Cuándo caiga personalmente Bin Laden, es cuestión menor.
Es momento de reflexionar, ahora. De reflexionar, primero, acerca del apenas camuflado deseo de ver derrotada la ofensiva, que ha sido núcleo inconfeso de la lacrimosa retórica de buena parte de la prensa europea en las últimas cinco semanas. La locutora televisiva, tan mona ella, disfrazada con sus coloridos chadores impolutos, no ha sido sino la caricatura de eso. Los gemebundos tonos plañideros del mismo Llamazares de quien no se recuerda sollozo alguno contra la URSS que exterminó a un millón y medio de la población afgana, son el extremo indecente.
Nada nuevo. Los mismos que, en plan muecín borracho, lanzaban alaridos desgarradores acerca del inminente genocidio americano contra el pueblo afgano y el consiguiente holocausto nuclear que arrastraría al Islam hacia la guerra santa, hicieron ya un ridículo casi idéntico cuando anunciaron que la batalla contra el tirano Sadam Husein produciría la catástrofe ecológica terminal del planeta. Daría risa, si detrás de esas actitudes –monstruosamente hegemónicas entre los herederos de lo que un día pudo llamarse izquierda– no hubiera la defensa de los regímenes más reaccionarios, más fanáticos y más asesinos de la segunda mitad del siglo veinte. El islamismo político no es el adversario de Estados Unidos. Es el adversario de la Ilustración. Esto es, el adversario de la libertad humana.
Una necedad de triste origen progre, perdido en lo más podrido de nuestro pasado, ha llevado a la izquierda española a dar cobertura, social y política, a los peores terroristas de este siglo. La cosa empezó con la extraña fascinación hacia un personaje que atesora el mayor número de asesinatos cometidos por un solo dirigente político: Yassir Arafat. La fascinación abarcó a todo y todos. Ningún problema tuvieron los terroristas de la OLP para asentar sus bases políticas en España durante las dos últimas décadas de la dictadura. Buscaron la foto del beso del rais Suárez como González. Como Aznar. Como el Jefe del Estado. El antisemitismo, en España, puede más que cualquier lógica política.
Ahora, por primera vez, una célula de muyahaidines ha sido apresada en España. Ya era hora. Pero que nadie se engañe: las pateras, como el ferry de Argel, han hecho de España el paraíso europeo del terrorismo islamista. Y no hay razón que valga con los guerreros de Dios. La fuerza, sí; eso, la campaña de Afganistán lo deja claro: a una semana de B-52 en serio, no hay Alá que sobreviva. De nada vale hacer gran retórica contra el terrorismo de ETA, si nuestros dirigentes siguen besuqueando al hombre que fue su fuente logística durante decenios. Al que sigue enviando a sus hombres bomba a volar discotecas de adolescentes israelíes.
Es hora de entender cuál es el verdadero enemigo. Y el verdadero riesgo. Hora de aplicar contra la superstición armada, una estrategia racional de tolerancia cero.

Tolerancia cero
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