En un acto insólito y ciertamente admirable, el primer ministro portugués, António Guterres, presentó su dimisión al presidente Jorge Sampaio asumiendo la derrota (relativa) de su partido en las elecciones municipales del domingo como una “responsabilidad personal”.
Con este gesto, Guterres quería “evitar que Portugal se convierta en un pantano político y clarificar la situación”. Pocas veces en la Europa democrática un dirigente derrotado actuó con tanta dignidad y coherencia. Ojalá el ejemplo cunda y alguien lo imite en semejantes circunstancias.
El partido socialista portugués perdió, en efecto, sus plazas fuertes: Coimbra, Faro, Sintra, Cascaes y... Lisboa, donde el socialdemócrata Pedro Santana Lopes venció a Joao Soares, hijo y heredero de Mario Soares, la personalidad política más destacada de los últimos treinta años en Portugal.
Guterres ha dimitido, según sus palabras, “para restaurar la plena confianza entre ciudadanos y gobernantes” tras haber reconocido la victoria de su adversario de siempre, el PSD (Partido Socialdemócrata) fundado por el inolvidable Francisco Sá Carneiro, una curiosa mezcla de reformistas, conservadores y liberales.
Los portugueses estaban un tanto hartos de los socialistas al frente de todos los mecanismos del poder político: la presidencia de la República, el Gobierno, los ayuntamientos, etc. Por eso culparon a los correligionarios de Guterres y a su partido de la crisis económica aguda que el país sufre y de la falta de perspectivas, pese a la estabilidad lograda en los últimos seis años y el crecimiento económico disfrutado.
El desencanto anidaba en las profundidades de la sociedad lusa pero ni Guterres ni sus camaradas del partido socialista se habían dado cuenta: el despertar del domingo fue bastante amargo y el desencanto llevó a un voto de castigo mayoritario. Guterres ha tenido el mérito de reconocerlo y actuar en consecuencia.
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