Menú

Peronistas y delirantes

Pocas cosas definen mejor qué cosa sea un delirio colectivo que las imágenes de regocijados bonaerenses celebrando —tan descerebradamente como lo harían con la épica victoria en un mundial de fútbol o el último níveo chute castrista del heroico Maradona— la declaración de impago de la deuda externa por parte de un Gobierno que, desde entonces, ha cambiado ya otras dos veces. Celebrar la bancarrota global de un país como si de una hazaña nacional se tratara es más que un signo de locura; es síntoma de que nada tiene solución. Ni a corto ni a medio plazo. A largo, ya se sabe, todos criando malvas; en eso no hay enigma. De momento, Argentina no existe.

Me pareció insultante en su día, hace cosa de tres o cuatro semanas, la declaración institucional de solidaridad española con la fraterna república argentina. Solidaridad ¿con quién?, ¿con qué? Y, sobre todo, ¿a qué coste?

La Argentina para la que la retórica política reclama solidaridad a la comunidad internacional no es hoy más que un caos de políticos ladrones y sindicalistas corruptos. Argentina es hoy una de esas grandes palabras hueras tras la cual se oculta la siniestra realidad de bandas gangsteriles —puede llamárselas partidos políticos si se prefiere, no discutiré por la opción entre sinónimos—: las que, desde hace ya algo más de medio siglo esquilman un país que fue un día inmensamente rico —fue, insisto; lo que era riqueza hace medio siglo es hoy tan sólo peso muerto—; las que se embolsaron los créditos internacionales que ahora un necio populismo se felicita de no pagar, sin pararse a pensar que la primera consecuencia del impago será la automática supresión de cualquier ayuda externa y el ahogo en la ruina más irreversible.

En los años cuarenta, la renta per capita argentina era sólo comparable con la estadounidense. La oligarquía agraria y ganadera obtuvo, a lo largo de la segunda guerra mundial, beneficios colosales. No invirtió ni un maldito duro en sector productivo alguno. Se limitó a atesorar en bancos extranjeros y a pagarse a una panda de matones que repartiesen palizas y sobornos equitativamente en todas las instancias sociales. Una pandilla de ladrones y asesinos a sueldo que montaron la versión latinoamericana del nacional-socialismo alemán. O si se prefiere, el socialismo nacionalista porteño. O, si es preciso llamarlo con el nombre que a sí mismo se dio en homenaje al espadón mamporrero y perfectamente analfabestia que lo pusiera en pie, peronismo.

Sindicatos mafiosos. Bandas de asesinos dotados de retórica dúctil —igual a la extrema derecha de López Rega que a la extrema izquierda de los Montoneros— pasearon el pútrido cadáver de una cabaretera sórdida convertida en arcángel de los miserables. El espectáculo de la patulea de memos niñatos porteños disfrazados de Che Guevara recibiendo al criminal Perón en Eceiza al grito de “Evita, si viviera, sería montonera” constituye quizá el momento más loco de un siglo, el XX, no precisamente marcado por la cordura.

Argentina es el fruto de la clase dirigente más delincuencial del mundo. Y el único punto del planeta en el cual el nacional-socialismo ha perseverado —persevera hoy en el careto de turno, Eduardo Duhalde ahora como Menem hace nada— durante más de medio siglo (incluso durante los terribles años en los que medio peronismo torturó y exterminó al otro medio, hasta que Margaret Thatcher acabó con todos en un par de cañonazos de verdad). No hay lugar que haya vivido una infamia moral más honda. Ni una más insalvable incompetencia.

Ni solidaridad ni gaitas. No hay perdón para gente capaz de hacer una cosa como esa. Tampoco hay solución. Y más vale saberlo.

© www.libertaddigital.com 2001
Todos los derechos reservados

Titulares de Libertad Digital
Suscríbase ahora para recibir nuestros titulares cómodamente cada mañana en su correo electrónico. Le contamos lo que necesita saber para estar al día.

 &nbsp
!-->

En Internacional

    0
    comentarios

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida
    • Reloj