Con la popularidad estratosférica del presidente Bush y la terquedad popular en seguir apoyándola a pesar de las continuas burlas televisadas y de una economía que no acaba de despegar, los demócratas han visto el cielo abierto en la quiebra de Enron para buscar una fisura en la imagen de Bush.
Tras unos ligeros titubeos a finales del pasado año, siguen el consejo de su “malo” oficial, James Carville, antiguo asesor de campaña de Bill Clinton y conocido por su agresividad, que en un memorándum instó a sus correligionarios a que aprovechen el momento para atacar a Bush.
Para ello necesitan convertir la quiebra en un “escándalo” y lo intentan con gran empeño, sin desmoralizarse por la escasa respuesta popular ni por el fracaso de millares de periodistas, que buscan ansiosamente desde el 2 de diciembre, cuando Enron se declaro en quiebra, el “ángulo” político y presentar elementos que hagan de una mala, o quizá fraudulenta, gestión empresarial un escándalo político.
A medida que pasa el tiempo, más improbable es que encuentren pistas comprometedoras, pero los senadores demócratas no se arredran ni critican las audaces acusaciones de su colega Hollings, quien acusó abiertamente a Bush de corrupción por el simple hecho de haber recibido ayuda electoral de Enron y por conocer a su presidente.
La maniobra de investigar los tratos del vicepresidente Cheney con Enron no les ha servido de mucho, así que han dado un paso más y piden un investigador independiente, la culminación de los venenos políticos, alegando conflicto de intereses en los funcionarios de Bush por tener acciones de Enron, algo tan común como invertir en Telefónica en España. Pero en este año de elecciones, en que los norteamericanos quieren “unidad”, estos disparos políticos les pueden salir a los demócratas por la culata.
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