Polanco se ha quitado la careta en público y ha confirmado lo que todo el mundo sabía. Quizá no haya novedad en lo dicho, pero sí en cómo lo ha dicho. Jesús de Polanco ha explicado públicamente lo que piensa sobre José María Aznar. ¿Sorpresas?, ninguna. ¿Confirmaciones?, muchas. Las declaraciones de Polanco le colocan en su sitio, y demuestran que cultiva una gran dosis de rencor. Polanco es una persona que ha pensado durante mucho tiempo que él, desde sus medios de comunicación, podía decidir y mover el voto de los españoles en la dirección del candidato que estimara más conveniente. Lo consiguió en las generales del 93, en el 96 estuvo cerca de repetir la maniobra y removió todo lo posible para que Aznar no llegará al Gobierno, y en las de 2000 se tuvo que ir a su casa incapaz de frenar la mayoría absoluta del PP, a pesar de la campaña furibunda que desde “El País” y la “Cadena SER” se desarrolló contra José María Aznar. Las últimas generales fueron el ejemplo de una evidencia: Polanco no manda tanto como se cree.
Una evidencia que el presidente de PRISA no ha perdonado al jefe del Ejecutivo, y especialmente la estrategia que se diseñó desde el palacio de La Moncloa y se ejecutó con sabiduría desde la Secretaría de Estado para la Comunicación. El mensaje en vísperas de las elecciones de 2000 era claro: “No existe el Grupo PRISA”. Esta directriz se llevó a cabo con perfecto cuidado. En el Gobierno se percibía un malestar evidente por la campaña que desde todos los medios de comunicación de PRISA se estaba desarrollando contra el Ministro Piqué en concreto y contra toda la gestión del Gobierno en general. Al iniciarse la precampaña electoral, las pautas estaban marcadas: había que ignorar a los medios del Grupo PRISA. Y se llevó al extremo. El presidente Aznar no concedió ninguna entrevista a ningún medio de PRISA, en concreto el diario “El País” y la “Cadena SER” fueron los dos únicos medios de gran difusión nacional en los que no apareció ninguna entrevista del entonces candidato popular. Con esta actitud, el Gobierno, más que exteriorizar un enfado por el trato recibido, pretendía dejar claro que podían ganar las elecciones generales, incluso con mayoría absoluta, sin necesidad del Grupo PRISA. Ese mensaje llegó donde tenía que llegar y la herida, por lo que hemos visto, continúa sangrando.
De todas formas, para entender esta complicada relación entre unos y otros nos tenemos que situar en abril de 1997. El presidente Aznar se encontraba de visita oficial en Buenos Aires. En una tibia noche del otoño austral, Aznar cenaba en un restaurante de “La Recoleta” con los treinta periodista que le acompañaban. En la sobremesa, a su estilo, sin mover siquiera un músculo, fue claro: “Estoy convencido de que en 1993 no ganó el PP las elecciones generales por la campaña desarrollada desde El País”. Esta afirmación no pasó inadvertida; era la primera vez que desde el Gobierno del PP se reconocía la animadversión mutua. No había engaños. Todos sabían dónde estaba el enemigo. Con sus declaraciones, Jesús de Polanco ha puesto al descubierto la realidad. Desde PRISA todavía se recuerda con rencor lo ocurrido y el espíritu de revancha se mantiene al máximo. Todo esto demuestra que, al final, los que han movido el poder no saben vivir sin él. Felipe González sigue pensando que es imposible que un inquilino de La Moncloa pueda gobernar mejor que él, y Jesús de Polanco no acepta que las decisiones de Gobierno y la posibilidad de influir sobre unas elecciones generales ya no pasen por su despacho. Se olvidan que no aceptar la realidad puede acabar en la desesperación.
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