El Consejo Europeo de Barcelona podía haber sido una oportunidad única para que la política y los políticos catalanes hubieran demostrado su capacidad de entendimiento sobre las grandes cuestiones internacionales, podían haber demostrado su talante de estadistas, podían haber expuesto a todos su magnanimidad política, podían haber aprovechado la ocasión para enseñar una Cataluña abierta sin excepción a los europeos. Pero los gestos, las maneras y las intervenciones públicas que estamos viendo en estas vísperas del Consejo Europeo de Barcelona son suficientemente significativas y evidentes como para devolvernos a la realidad sobre las verdaderas actitudes de los principales protagonistas del escenario político catalán.
Una Cumbre Europea es un marco excelente para hablar de Europa, de la construcción de la Unión, de una ofensiva de reformas que sirvan de referencia en la economía de futuro de Europa; pero, una vez más, nos damos de bruces con el provincianismo y con los intereses partidistas de unos y otros. El nacionalismo en sus más variados exponentes o el socialismo indescifrable del PSC no pueden esconder sus obsesiones personalistas y de pervivencia política. Parece que no valoran que es la primera vez que se va a celebrar en Barcelona una Cumbre Europea de estas características. Y este evento, como recordaba el presidente Aznar días atrás, es un gesto claro de la desaparición real del centralismo: ese fantasma de otras épocas que, aunque quieran resucitarlo para beneficio propio, ya no existe.
Barcelona va a ser por dos días el corazón político y real de Europa, pero para políticos de la importancia en Cataluña de Pujol o Maragall parece que lo único importante son las reivindicaciones nacionalistas de unos o los posicionamientos injustificables de los otros, buscando todos los apoyos posibles para las próximas elecciones autonómicas. Al final, observando el escenario con una cierta distancia y sosiego, se puede ver claramente cómo son incapaces de ver más allá de sus propias historias provincianas y secundarias.
Discursos institucionales, libros de regalo sobre el nacionalismo catalán o la lengua catalana, carteles publicitarios por toda la ciudad reivindicando las raíces nacionalistas del territorio o la imagen premeditada de “ir por libre” se convierten en motivos que provocan más una sonrisa de compasión que un gesto de admiración. Tanta efusividad, tanto “orgullo patrio”, tanto alarde de lo propio provocan, como mínimo, la indiferencia del visitante. Es verdad que Barcelona es una ciudad cuidada y bonita, es verdad que Cataluña es una región a pleno rendimiento, es verdad que hay mucho que alabar y admirar; pero también es verdad que todo tiene un límite. Y ese límite está en la normalidad. Unos y otros no disfrutan con naturalidad de lo que tienen, siempre miran de reojo a los demás, siempre mantienen una actitud reivindicativa que no conduce a ningún sitio, nunca están contentos, siempre quieren más.
Una vez más Jordi Pujol y Pascual Maragall, cada uno por su lado, se han equivocado. Han pensado que la Cumbre Europea era una plataforma espléndida para sus reivindicaciones y no se han dado cuenta de que es todo lo contrario. Barcelona, convertida durante dos días en la capital de Europa, en lugar de servir para enorgullecer a los barceloneses y a los catalanes, sirve para dejar a la vista los gestos de provincianismo político de sus líderes. Y eso, suena a pasado. No han sabido aprovechar la oportunidad. Una pena.
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