Hasta hace muy poco, el discurso público sobre la inmigración era en Cataluña aún más políticamente correcto que en el resto de España. Recojo las palabras de una experta, que ejemplifican lo que allí se decía: “El modelo español de inmigración no es el nuestro. El modelo catalán es intercultural, y se basa en el mestizaje a través de los matrimonios”. En este contexto, Artur Mas aseguraba sin rubor que no le importaría tener una nieta musulmana, siempre que hablara catalán. También en ese contexto, aquellos que se salían del discurso socialmente aceptado –la señora Ferrusola quejándose de que las iglesias iban a ser sustituidas por mezquitas, Heribert Barrera y su famoso “Cataluña desaparecerá”– eran linchados sin piedad a modo de ritual purificador de la palabra pública.
Las premisas de ese discurso son (¿eran?) básicamente dos. La primera de ellas es la idea de que la integración de los inmigrantes españoles ha sido modélica. Y es cierto que los nuevos catalanes han asimilado la ideología catalanista, pero a costa de aceptar la preeminencia social de quienes tienen apellido y lengua comme il faut, que se reservan los puestos de poder en todas las esferas sociales. Ello ha sido entendido como natural por la primera generación de nuevos catalanes. La tradicional burguesía de Barcelona da por supuesto que será siempre así.
La segunda premisa es aún más ilusoria. Subyace tras ella un constructivismo degradado, que sostiene que la identidad es una construcción artificial creada a través de las redes del poder político y social. De acuerdo con esto, los viejos emigrantes charnegos eran agricultores del sur carentes de cultura, que habían sido catalanizados gracias a la educación (inmersión lingüística) y medios de comunicación social. Lo que había funcionado con ellos, funcionaría también con los nuevos inmigrantes llegados de Marruecos, Nigeria, Pakistán o Perú. En ese discurso, no cabía pensar que la cercanía cultural (lengua iberorromana, misma religión y costumbres...) entre catalanes y andaluces hubiera sido un factor importante de integración.
Estas dos premisas tan débiles están expuestas hoy a crecientes sacudidas –11 de septiembre, lepenismo, movimientos antisistema–, las mismas que erosionan a ojos vista el discurso político en Europa. En Cataluña, el catalizador del cambio ha sido el debate en torno a la Mezquita de Premiá, en el que todas las fuerzas políticas parecen descolocadas. La vía de escape de la clase política catalana ha sido exigir competencias en materia de inmigración. Pero ello no resuelve su problema: la incapacidad del catalanismo para hacer propuestas ante un problema que dominará el siglo XXI.
Esta incapacidad no es sólo verbal, es social. Si la llegada de inmigrantes del sur de España tuvo tanto impacto en Cataluña que produjo el catalanismo profundo de nuestros días, ¿qué efectos provocará la súbita llegada de inmigrantes de países extraños? Quién sabe. En todo caso, permaneceremos atentos a Barcelona, que promete ser una de las metrópolis más difíciles y divididas de la Europa del siglo XXI.

El fin de la Pax Catalana
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