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Modos mezquinos y paletos

Hemos vuelto a las andadas, a unas andadas que teníamos un poco olvidadas. Era un simple espejismo. De pronto hemos aterrizado de bruces en la realidad de siempre. Jordi Pujol, aunque tiene a la vuelta de la esquina su retirada de la política, ha vuelto a sacar a relucir esos malos modos y maneras, esos "tics" de prepotencia de los que tantas veces ha alardeado allí donde iba. Los nacionalistas catalanes acostumbrados, a articular toda su estrategia política en un victimismo pasado ya de moda, han buscado siempre una diferenciación, una "cualificación" política que les hiciera diferentes a los demás, una actitud de superioridad que les colocará con otra perspectiva institucional. Tanta obsesión por marcar los territorios, que al final se han quedado anclados en una forma de hacer política mezquina y algo paleta.

En esta ocasión, el todavía presidente de la Generalidad de Cataluña se ha descolgado con unas despectivas declaraciones sobre Cuenca, para explicar sus pretensiones nacionalistas y de autogobierno. Pujol se ha vuelto a equivocar –y ya hemos perdido la cuenta de tanta equivocación– en esta recta final de su vida de político en activo. Pujol ha vuelto a descubrir lo que es una realidad consolidada: el nacionalismo catalán no avanza, solamente se lamenta de sus limitaciones, dejando al descubierto su falta de amplios horizontes. Este nacionalismo, lejos de hacer una Comunidad amplia en objetivos y en metas, está convirtiendo la política catalana en un territorio de muy poca categoría. No tienen estrategias, carecen de proyectos, les faltan objetivos que apunten hacia ideas nuevas, que escapen de la única obsesión actual: la supervivencia de un sistema cerrado y agobiante.

Pujol, con sus declaraciones y sus actitudes, vuelve a poner encima de la mesa un estilo de hacer política: tirar la piedra y luego esconder la mano. Primero se descuelga con desprecios, nada involuntarios, hacia la bonita ciudad de Cuenca. Luego rectifica por carta dirigida al presidente Bono. Pero, aunque rectificar siempre es bueno, lo dicho ya queda dicho. Algo que sabe y conoce un político de su larga trayectoria en el poder. Estas "equivocaciones" no son casualidad. Son la manifestación pública de algo que se lleva dentro. El nacionalismo catalán pretende encerrar a los suyos en un mundo artificialmente perfecto pero que, en realidad, carece del mejor de los tesoros: la comprensión y la tolerancia hacia los demás. Además de Cataluña, hay más cosas en este mundo que también merecen la pena. Pujol suponemos que lo sabe, pero no se quiere dar por enterado.

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