La crisis que aqueja a uno de los principales museos del mundo ha estallado en pleno verano con el anuncio de despido de una parte importante de la plantilla de conservadores. Los encargados de mantener en óptimas condiciones piezas tan conocidas como los frisos del Partenón de Atenas han manifestado que es mejor que los devuelvan a Grecia, lo que sin duda acabará ocurriendo para desgracia de Londres, sus visitantes y puede que para la propia cultura helénica y su dimensión universal. Pero, sobre todo, es una voz de alarma por el rumbo de políticas erróneas y estrategias de financiación contradictorias que se están aplicando en muchos museos.
El British Museum ha invertido mucho dinero en la remodelación parcial de sus espacios para acoger a miles de turistas, pero no ha tenido el efecto multiplicador que supuso la pirámide del Louvre. La inversión, basada en criterios de marketing y con la esperanza puesta en un crecimiento del turismo no ha tenido los frutos económicos deseados. Además, al decretar Blair la gratuidad de los museos, los ingresos por entradas son nulos. El resultado de querer meter en el mismo saco una política demagógica de gratis total con una estrategia copiada de modelos americanos, que tienen un esquema diferente al europeo, es que comienza a desmembrarse el museo desde su raíz, que son sus colecciones.
Los problemas financieros son un mal cada vez más extendido en los templos de la cultura en los que se han convertido los museos. Llamados a dar respuesta a una demanda de bienes culturales generalizada, han sido objeto predilecto de los políticos para poner en marcha inversiones cuantiosas que, a su vez, entraban en colisión con la estructura interna de unas instituciones que, en lo tocante a personal, estaban bastante esclerotizadas. En este aspecto, el British no es más que un ejemplo de la dificultad para poner en sintonía la renovación y la búsqueda de nuevos públicos con la obligación de conservar los tesoros artísticos y garantizar un alto nivel técnico y de investigación.
La confianza que se está poniendo en consultoras americanas o en la “biblia” de Neil Kotler y Philip Kotler Estrategias y marketing de museos sin duda es excesiva. Los problemas de los museos europeos no se solucionan aplicando un esquema que tiene demasiados puntos débiles, y no es el menor que se dependa totalmente de los elementos publicitarios y de un turismo voluble, porque nos podemos encontrar con una gran competencia de oferta en el que gana, no el mejor, sino el más ruidoso, aunque esté vacío y no cumpla con la misión educativa y científica que le correspondería.
La crisis del British Museum es grave en sí, pero ante todo es la muestra de lo que puede venir cuando se han multiplicado los museos sin colección, y los que la tienen no acaban de resolver la contradicción entre métodos de funcionamiento anquilosados y endogámicos con propuestas de adaptación a las nuevas demandas. Las propuestas faraónicas pueden venirse abajo sin que haya estrategia de marketing que la salve.

La alarma del British Museum
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