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Desmontar el chiringuito nacionalista

En la carta enviada por el ministro de Administraciones Públicas, Javier Arenas, al Lehendakari Ibarretxe, aparece en sus párrafos finales una petición algo escondida, pero que parece muy significativa desde un punto de vista político. Arenas pide a Ibarretxe deshacer cualquier tipo de equívocos para iniciar el proceso de traspasos de las últimas competencias pendientes. Esa petición coloca esta posible negociación en un plano nuevo y diferente, lejos de las artimañas habituales de los nacionalistas que mantienen desde hace años un doble lenguaje político. Desde Vitoria piden, reclaman y se quejan; mientras que en Madrid muestran un rostro más asequible siempre y cuando haya dinero de por medio. El ejemplo más cercano en el tiempo lo tenemos en la negociación del Concierto Económico. Después de advertencias y recursos, terminaron bajando la cabeza.

En esa petición realizada por Arenas para deshacer los citados equívocos se recoge el verdadero fondo de toda esta cuestión. Sí el Gobierno vasco acepta el principio de claridad deberá explicar, sin dobleces ni trampas conceptuales, cuáles son sus objetivos, hasta donde pretenden llegar y cuál es el territorio marcado para el juego político. Desde el nacionalismo vasco nos tienen acostumbrados a sus estrategias del desconcierto y del despiste. Amenazan y amenazan, pero no ejecutan; sencillamente porque son conscientes de que para muchas de sus cacareadas intenciones no cuentan con el apoyo de sus militantes y simpatizantes. El nacionalismo vasco vive sumergido en una actitud de queja permanente. Nunca tienen lo que quieren. Insatisfechos por sistema como única estrategia, los dirigentes del PNV ha elaborado un manual político en el que no existe el capítulo de la normalidad. Los nacionalistas viven, casi como necesidad, en un permanente estado de excepción.

Con estos planteamientos, el presidente del Gobierno ha sabido, en la reciente remodelación del Ejecutivo, romper el paso a Ibarretxe. Hasta ahora, en toda la relación institucional entre Madrid y Vitoria tenía un especial protagonismo el Ministerio del Interior, favoreciendo indirectamente esa situación extrema que tanto gusta alentar a los nacionalistas. Con el aterrizaje de Javier Arenas en el Ministerio de Administraciones Públicas, Aznar ha abierto un nuevo frente a Ibarretxe de exclusivo contenido político e institucional, que ha descabalgado a los nacionalistas. Ibarretxe no ha tenido más remedio que afrontar la polémica de las competencias a "palo seco". Y eso, como se está viendo, es mucho más complicado de lo que parecía. El nacionalismo tiene montado un "chiringuito" político con una sofisticada trama; pero sí se van separando una a una todas las cuestiones, el PNV se queda desarmado en muchos de sus argumentos.

Es por todo ello, que Javier Arenas, está pidiendo a Ibarretxe que diga con claridad cuales son sus reglas del juego, si está dispuesto a actuar con lealtad y, en todo caso, en qué medida aceptan las reglas del marco constitucional. El PNV, en su habitual y contradictoria estrategia, reclama las competencias de un Estatuto que después critica. Piden y reclaman unas atribuciones que enuncia un Estatuto que, según ellos mismos, está “superado”.

Estamos, en definitiva, ante una nueva entrega de un nacionalismo que tiene montado un auténtico negocio en torno a la acción política. Un negocio que les ha reportado muchos dividendos de todo tipo y que, por primera vez, vislumbran en peligro. La designación por parte del presidente Aznar de un ministro como Javier Arenas, para el que uno de sus grandes objetivos es poner orden institucional en el País Vasco, ha dejado en evidencia una vieja estrategia nacionalista pertrechada en el estado de excepción en el que les gusta moverse, sin tener en cuenta a los ciudadanos.

EL PNV se ha encontrado, de repente, con la necesidad de hacer verdadera política, y sus dirigentes se están dando cuenta de que no saben hacerla. Lo suyo es el "chanchullo", la amenaza y el mercadeo. Fuera de ese ambiente, se mueven con torpeza. Sólo saben jugar con sus cartas, unas cartas que siempre han estado marcadas.

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