En menos de 24 horas han muerto en Afganistán casi medio centenar de personas a causa de atentados indiscriminados o cuidadosamente preparados. Hasta el lider máximo del país, Hamid Karzai, estuvo a punto de perecer en la ciudad de Kandahar cuando varios individuos dispararon contra él sin alcanzarlo. En realidad lo salvaron sus guardaespaldas norteamericanos, lo que constituye todo un símbolo.
Pronto hará once meses que las tropas norteamericanas y británicas desembarcaron en Afganistán con armas y demás pertrechos tecnológicos, los más avanzados y sofisticados. Fueron a raíz del 11 de septiembre y con el objetivo confesado de atrapar a Ben Laden y al “mulá” Omar, eliminar a los talibanes e imponer un régimen democrático y civilizado en aquellas tierras.
Todo el mundo sabía que los objetivos del conglomerado militar británico-americano serían difíciles de alcanzar y que su presencia, a la que se sumó la de tropas de otros países, europeos, asiáticos e incluso africanos, sería larga. El panorama después de la batalla era horroroso, el país estaba revuelto y destruido. Y los talibanes, aunque heridos, no habían desaparecido. Además, los “señores de la guerra”, líderes étnicos y regionales, seguían imponiendo su ley a golpe de cuchillo y kalashnikov.
Durante los once meses transcurridos, ni Ben Laden fue detenido o eliminado (al menos que se sepa) ni sus lugartenientes se hallan a buen recaudo. Es decir, en la cárcel o bajo tierra. El mulá Omar también se ha esfumado, aunque de vez en cuando se asegure que está en tal o cual montaña o cueva para que el ardor guerrero de las tropas extranjeras no decaiga.
Por de pronto, Karzai ha dicho a sus visitantes y lugartenientes que mientras el país no esté pacificado, los ejércitos particulares controlados y los campos de opio destruidos, las tropas extranjeras seguirán en Afganistán. No hay fechas, pues, para el regreso de los soldados españoles y de otros países europeos, aunque obviamente su presencia allí no puede ni debe eternizarse.
Bastantes analistas sugieren la posibilidad de que la inestabilidad irreductible, la inseguridad generalizada, los tráficos ilícitos y la hegemonía de las bandas armadas pueden extenderse durante muchos meses más sin que, por ahora, se vislumbre una mejoría para la inmensa mayoría de la población que vive en condiciones dramáticas. Consideran que, finalmente, el reino de Afganistán volverá a ser lo que fue en el pasado: un lugar salvaje y peligroso, poblado por hordas analfabetas y fanáticas, santuario y escondrijo para todo tipo de delincuentes, asesinos y traficantes. Más de lo mismo, pero con el agravante de que los intentos internacionales por revertir la situación parecen haber fracasado espectacularmente.
La herida afgana sigue, pues, abierta y el bálsamo o no llega o simplemente no sirve. Hay guerra para rato.

Hay guerra para rato
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