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Un debate chatarra

Con gran pompa anunció Javier Urdaci, jefe de Informativos de TVE, la vuelta de “El debate de la 2”, único programa de la cadena pública que, se supone, lleva la pluralidad y el contraste de opiniones a los telespectadores que siguen manteniendo su confianza en la cadena gubernamental. El tema con el que volvía el atildado Josep Puigbó era, nada menos, que el desastre acontecido en Galicia por el naufragio del “Prestige”. Pero, como viene siendo ley en los programas de TVE, y ya pudimos comprobar en anteriores entregas del maquillado debate, toda la infraestructura de la televisión pública estaba al servicio de un programa que no quería mojarse, ni en agua, ni mucho menos en petróleo.

La tragedia de Galicia tiene el suficiente calado como para que no sea una irresponsabilidad tratarlo como un asunto simplemente técnico. Sin embargo, el educado Puigbó, en su línea habitual, llevó a gente de tercera fila para no verse metido en ningún compromiso. El Ministerio de Fomento estuvo representado por Adolfo Menéndez, Subsecretario anónimo. Había un experto en derecho marítimo, Manuel González; Ezequiel Navío y Joan Zamora. Todos ellos convenientemente ubicados a cinco metros de distancia en el plató para no poder discutir. La intervención de Loyola de Palacio, Comisaria de Transportes y Energía de la Unión Europea, que se dirigió al público en video-conferencia, fue la única autoridad rele-vante que participó en el programa.

Resulta descorazonador que, aunque no se quiera hacer sangre con un asunto que adquiere tintes apocalípticos, y está rodeado de oportunismos políticos, se desperdicien más de dos horas en la televisión pública para no acometer lo que está significando el desastre del “Prestige”.

Galicia ya no es lo que era, ni en paisaje, ni en economía, ni en política. Fraga ha quedado tocado, Rajoy tiene que mantener el tipo, Aznar no sabe cómo salir, Zapatero ha sido abucheado por el pueblo, el nacionalismo gallego campa a sus anchas y el mundo del mar lleva camino de convertirse en jubilado de su economía. Con este panorama, asistir a un llamado “Debate” de la cadena pública que no quiere mancharse, es, como poco, una manera de escurrir el bulto a la que nos tiene acostumbrados la televisión que más cuesta al contribuyente.

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