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Venezuela, sin futuro

Puede que sea el más enigmático de los desastres políticos que dan bandazos en estos últimos meses. También, quizás, el que menos lugar deje para esperanza.

Enigmático, lo es, sin duda, que uno de los más importantes productores de petróleo del planeta naufrague inacabablemente en una ruina para la cual nadie parece hallar salida. Y que ese naufragio se haya ido consumando, a lo largo de décadas y bajo los gobiernos nominalmente más diversos. Hasta acabar en este horror de hoy, que ya ni siquiera en términos políticos cabe ser analizado. Porque si Chávez se complace en mimar, ante el espejo, los gestos del déspota cubano, lo suyo no es siquiera cuestión de política; sí, de frenopático. Chávez no es más que un espadón descerebrado que juega a creerse Fidel Castro; que tal vez se lo cree, como otros creen ser Napoleón. Sólo que a Chávez nadie le ha puesto aún la camisa de fuerza.

Que el propio Castro aliente esa charada, no es extraño. En la Venezuela chavista tiene Castro un depósito de combustible a precio de colega, con el cual ni podía soñar hace muy pocos años. Para un país sumido en la hecatombe desde que los subsidios de la antigua URSS se volatilizaron, ese combustible es más que vital. A cambio de eso, Cuba dará policías políticos muy competentes al Tirano Banderas venezolano, como dio carne de cañón gratuita a los caciques tribales angoleños.

Sin margen alguno a la esperanza. Eso es lo más grave. Porque lo específico del caso venezolano es esa constancia de que ni un solo agente del proceso político está limpio de las sospechas más sórdidas. Un histrión como Chávez sólo ha podido llegar al poder como consecuencia de la absoluta desmoralización generada por la clase política tradicional. Ladrones y asesinos como Carlos Andrés Pérez devastaron cualquier esperanza ciudadana en las garantías democráticas. Cuando el espadón cristalizó en Constitución Bolivariana su delirio caudillista, ya nadie quedaba para defender una democracia a la que todos juzgaban ficticia.

Al borde la guerra civil y asediada por la ruina, Venezuela se enfrenta a lo peor. La constancia de tener que optar entre payasos y canallas.

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