La provisión de una plaza de profesor titular a Joseba Mikel Garmendia en la Universidad del País Vasco ha dejado indignada a la opinión pública en España. Los medios de comunicación han informado sobre esta noticia y los ciudadanos asisten perplejos a un hecho que la rapidez de la actualidad acabará dejando atrás. Pero el vertiginoso ritmo de las noticias no puede hacernos olvidar este hecho como exponente de una situación caótica que nos afecta a todos y, en especial, a la juventud: la farsa universitaria en la España que se abre al siglo XXI.
Este caso particular acontecido en la Universidad del País Vasco sólo es la punta del iceberg que congela la universidad española y que la convierte en una institución podrida y corrupta, manipulada por intereses antidemocráticos y antiliberales. Al margen de otras manipulaciones legales y penales que requerirían más amplio comentario, Garmendia y el tribunal examinador no han hecho otra cosa que utilizar el sistema de oposiciones que en 1983 y con el nombre de LRU instauró el PSOE. Desde entonces, o sea en estos últimos veinte años, la universidad española ha ido cubriendo las plazas de los cuerpos docentes universitarios con el mismo sistema del que se ha valido ahora Garmendia y los suyos.
A quienes hemos sufrido en carne propia el abuso de dos oposiciones universitarias manipuladas y preparadas de antemano por los tribunales para que las ganaran los respectivos candidatos "de la casa", sin posibilidad real y legal de impugnación, nos duele como a cualquier otro ciudadano libre del reino de España que esto siga ocurriendo. En el caso de Garmendia, duele aún más que el dinero público acabe yendo al bolsillo de personajes ligados al terrorismo. Pero el fondo de la cuestión no está en el caso puntual de lo ocurrido en la Universidad del País Vasco, por mucho que nos pueda molestar, sino en que esas han sido (y todavía están siendo) las prácticas comunes en las oposiciones universitarias en España.
A día de hoy son cientos los profesores que, como candidatos de la casa, están siendo favorecidos por tribunales que con alevosía y premeditación han acordado previamente otorgarles la plaza. De eso se encargan el presidente y el secretario del tribunal, ambos de la misma universidad que convoca la plaza, y a menudo compañeros de departamento del candidato casero. Estas prácticas siguen vigentes para la provisión de plazas aparecidas en el BOE antes de la aprobación de la nueva LOU y mucho hay que temer sobre la imparcialidad de la nueva fórmula de habilitación, aunque eso es tema de otro artículo.
La realidad, a día de hoy, es que ha saltado una noticia indignante que ha calado en la opinión pública por la relación entre universidad y terrorismo. Pero esa misma injusticia, esa coacción de las libertades públicas y esa persecución de los derechos individuales por vía de la desigualdad a la hora de optar en idénticas condiciones a esas plazas ha sido práctica diaria en los últimos veinte años de la universidad española. Se trata, guardando las distancias, de una especie de terrorismo intelectual (ligado a veces al lingüístico en determinados espacios). Esto es así y está ocurriendo ahora mismo aunque no sea éste el lugar para dar nombres ni citar universidades. Lo cierto es que las deudas morales adquiridas entre una gran parte de profesores titulares y catedráticos de universidad, el amiguismo y la mentira están acabando con la raíz básica de la universidad como institución libre y democrática.
Todos y cada uno de esos profesores titulares y catedráticos que en algún momento de estos últimos veinte años han cedido a presiones, al nepotismo, a la endogamia, al amiguismo y a la aceptación de tal o cual candidato en las provisiones de plazas universitarias y todos los que, en fin, no han denunciado estas prácticas son hoy culpables también del caso Garmendia. Ellos saben quiénes son y es muy posible que ahora miren a otro lado mientras siguen contando con el dinero del contribuyente para asistir a congresos, para recibir aumentos de sueldo por los llamados tramos de investigación, para recibir becas y para seguir embruteciendo la universidad. Algunos de ellos alcanzan cargos administrativos en la misma universidad desde donde siguen ayudando a la libertad y a la democracia subvencionando pancartas anti-norteamericanas, y todo siempre en nombre de la democracia y la justicia.
Alberto Acereda es catedrático asociado de Literatura en Arizona State University.

La farsa universitaria en España
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