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Armisticio y casus belli

Un armisticio no es un tratado de paz. Es la suspensión transitoria de las operaciones bélicas a cambio de las garantías que uno de los contrincantes –el vencedor— impone al vencido. Esas garantías son un diktat constrictivo en cada uno de sus puntos. Su transgresión es la forma más elemental de casus belli. Y, como tal, supone el reinicio automático de las hostilidades. Sin más trámite.

Sorprende hasta qué punto la prensa europea en general, pero de modo escandaloso la española, busca ocultar eso. Es una ficción retórica que no hace sino revelar la hondísima pulsión autodestructiva en la cual viven los europeos desde hace ya demasiadas décadas. Me asusta infinitamente más esa pulsión, que revela la voluntad de renunciar a todas las consecuciones ilustradas que componen nuestro frágil mundo, que los supuestos riesgos militares en perspectiva.

De creer lo que la prensa europea –pero, sobre todo y de un modo escandaloso, la española— cuenta, Irak sería un pobre país en paz, súbitamente amenazado por un arbitrario ultimátum estadounidense. Así presentada la realidad, nos hallaríamos ante una violación imperialista del derecho internacional, frente a la cual toda resistencia sería moralmente obligatoria.

Es mentira.

Irak vive, desde 1991, bajo la codificada transitoriedad de un armisticio. En ese año, Sadam Husein fue literalmente barrido, en una guerra provocada por su brutal anexión de un Estado independiente: Kuwait. Barrido, pero no ejecutado. Ese fue el inconcebible error de entonces. A cambio de ser graciado, el vencido hubo de plegarse a una serie de imposiciones unilaterales e inviolables. En derecho internacional, un armisticio es eso: el conjunto de imposiciones, violadas las cuales la guerra retorna. Inmediata, automáticamente. De no ser así, un armisticio sería, sin más una tomadura de pelo. Exactamente lo que ha hecho de él la dictadura irakí.

Hace años ya que Sadam viola sistemáticamente el armisticio. Fabricando armamento prohibido, invirtiendo sus beneficios petrolíferos, no en material civil y humanitario sino en armamamento, expulsando de su territorio a los inspectores de la ONU que debían haber permanecido allí establemente... Si la ONU no fuera, en su mayor porcentaje, un antro de diversas dictaduras tercermundistas, la respuesta, al día siguiente de la expulsión de los inspectores, hace de esto ya ocho años, hubiera sido la laminación del ejército de Sadam, la ocupación total de su territorio y la traducción del dictador ante una corte marcial. No se hizo. Fue una vergüenza.

Ha sido necesario el 11 de septiembre para que todos entendiesen que no hay armisticio posible con un dictador semejante, que no hay más Sadam bueno que el Sadam muerto. Ya era hora de entenderlo.

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