Cuando faltan menos de dos meses para las elecciones municipales y autonómicas, el Partido Popular debería entrar ya en una única dinámica y estrategia: la movilización de sus votantes. El Partido Popular se presentó el pasado mes de enero con algunas heridas políticas de cierta entidad. Hay que recordar el caso Gescartera, el inexplicable cambio de actitud en el Decreto del desempleo y por último la tremenda negligencia con el Prestige. Luego ha llegado la guerra de Irak, durante toda la crisis el presidente Aznar ha sido coherente con los principios y convicciones marcadas desde el principio, pero junto a eso, los que debían hacerlo no han sabido mantener ilusionados y movilizados a sus militantes y a sus votantes. Y ahora, en vísperas de las elecciones, el Partido Popular se encuentra con su verdadero problema.
¿Ha conseguido el PP mantener los diez millones de votos que recibió en el año 2000? ¿Ha conseguido el PP mantener la ilusión de sus votantes? ¿Ha conseguido el PP conservar la credibilidad de su gestión? Todo indica que el Partido Popular, con su Gobierno a la cabeza, no está consiguiendo mantener el apoyo alcanzado en las elecciones de 2000. Lo dicen a gritos las encuestas, pero sobre todo se percibe en los propios pasillos del poder.
¿Razones? Hay muchas, pero ahora destacan algunas claramente. El PP ha cometido permanentes errores de comunicación. Ya no es un problema de personas, ha sido casi una constante de la estrategia. Es un problema de verdadero convencimiento sobre lo que se hace. Además, en este sentido –y ahora el PP lo está sufriendo– ha "controlado" los medios de comunicación públicos con la comodidad de las encuestas y de la mayoría absoluta, pero no ha sabido reaccionar con recursos en los momentos complicados. Incluso ahora, el PP está sufriendo el abandono de "sus" periodistas de "cabecera", que huyen en los momentos difíciles. Y a los hechos me remito.
Pero junto a esto, ha podido verse una vez más en el momento de la guerra uno de los males inveterados del PP: la desaparición de aquellos que deberían dar la cara. Casi todos los "pesos pesados" del partido y del Gobierno se han vuelto a esconder, se han mostrado cansados y con pocos resortes políticos. En el Gobierno, más de uno ha mostrado una actitud de "lavarse las manos" hacia la decisión de Aznar de estar con Estados Unidos y el Reino Unido. No han sido pocos los que han preferido mirar hacia otro lado, quitándose de en medio.
¿Resultados? Pues que el partido ha comenzado a desmovilizarse, pero especialmente lo están haciendo muchos de los votantes del PP en el 2000, que apoyaron la gestión, la eficacia y la credibilidad del Ejecutivo en la primera legislatura. Este PP timorato, huidizo y agarrotado, ya no responde a sus expectativas. Y esa falta de respuesta puede tener una importante repercusión electoral.
En fin, a estas alturas todavía hay tiempo. Pero la reacción debería ser inmediata y contundente. Todos los dirigentes del PP tendrían que salir a la calle: para transmitir ilusión y confianza, para devolver la seguridad en su gestión y para demostrar que son capaces de volver donde solían. El PP fue una máquina de hacer política, pero ha comenzado a oxidarse.

Movilizar a los desmovilizados
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