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Bush, la paz, el demonio y el opio

Dijo Luis Eduardo Aute, excelente compositor y cantante, que Bush ha logrado el milagro de resucitar a la izquierda en el mundo. Tal parece. El nuevo demonio unificador se complementa con el nuevo opio: el antiyanquismo.

Por supuesto Aute parece estar feliz con esta resurrección. Sin embargo, a poco que lo piensen –quienes piensan y no sólo sienten en la nebulosa progresía–, deberían preocuparse por las endebles bases de este renacimiento.

El olvidado y cada vez menos leído Carlos Marx escribió en 1844 que la religión es “al mismo tiempo, expresión de la miseria real y protesta contra esta miseria…, es el suspiro de la criatura abrumada, el corazón de un mundo sin corazón, como es el espíritu de una existencia sin espíritu. Es el opio del pueblo”.

Unos 130 años más tarde, el filósofo italiano Augusto Del Noce dijo que el marxismo funcionaba, en los países en los cuales no era opresiva dictadura, exactamente en los términos que Marx había atribuido a la religión: expresión de la miseria real y al mismo tiempo protesta contra tal miseria, corazón –que siempre está a la izquierda, ojo– en el despiadado mundo de la opulencia tecnológica que no tiene corazón, sucedáneo del espíritu en un mundo que ha perdido el espíritu. Opio del pueblo suministrado generosamente por la progresía.

Hoy, despertado por el pacisfismo bobalicón, el opio popular se expende en nuevos empaques. Estamos contra la guerra que nos duele en nuestros bondadosos corazones, luego estamos contra quien hace la guerra que es el demonio George W. Bush, luego estamos contra el imperio yanqui, luego estamos quemando nuestras visas de entrada a la sede de los poderes diabólicos (Estados Unidos, por supuesto) y avisándolo –patéticos– al orbe entero…

Al antaño buen escritor Carlos Fuentes le parece “espléndido e insólito lo que está pasando en el planeta…la opinión pública está en una movilización extraordinaria, como nunca hemos visto en nuestros días”. Se diría, parafraseando a Milán Kundera, que la izquierda del mundo por fin parece haber encontrado esa “gran marcha” de los ojos húmedos. Siglos luchando para que la llave del paraíso fuese una pancarta condenando al nuevo demonio, George W. Bush.

¡Alabado sea Alá y Saramago su profeta! ¡El que no salte es yanqui odioso!

La pinza se cierra. La sociedad opulenta y tecnológica nos había dispensado del trabajo de pensar y nos ofreció el placer sin límites. Ante la persistencia del sufrimiento, de la miseria y de la injusticia, estupidizados por las efusiones emotivas que nos evitan el sospechoso lujo de la inteligencia, surge el nuevo opio de la pancarta, el grito al unísono en la calle y hasta la liberadora pedrada contra la vidriera del comercio que ostenta una odiosa marca del imperio del mal.

Habrá de disculparse una última cita del olvidado Marx: la historia, cuando se repite, lo hace con caracteres grotescos.

Ricardo Medina Macías es analista político mexicano.

© AIPE

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