El último arrebato de Fidel Castro conserva a duras penas, o con más penas que glorias, la inconfundible cadencia de los cantos de sirena. Eso y poco más. Su alegación, dada a conocer el pasado sábado, de que La Habana libra una "batalla contra provocaciones que pretenden conducir a un conflicto y a una agresión de EEUU", parece menospreciar el sentido común de buena parte de la comunidad internacional. Pero no se trata de que el gobernante, aun con su ya proverbial egotismo a cuestas, desestime el entendimiento de ésta: probablemente ni siquiera advierte que otros tiempos y otros actores moldean los escenarios de la geopolítica global.
Los años suelen pasar factura. Lástima que no hayan mermado, en igual proporción, el talante represivo del castrismo. Según Castro, a EEUU le aguardaría "la guerra de los 100 años si invade Cuba". No quiere estar en la piel de Kim Il Jong ni por asomo –incluso intuye que no lo está–, pero sí, como al norcoreano, que se le tome en serio, pues de ello depende que su acceso represor tenga alguna clase de coartada, o se enmarque en una atmósfera de hostigamiento "imperialista" más o menos creíble, y la cortina de humo del conflicto de Irak comienza a disiparse. Una condena demasiado prolongada o rotunda de la comunidad internacional a su gobierno podría derivar en alguna clase de sanción práctica –en la variante más copiosamente optimista podría hasta costarle la inmunidad diplomática, con su consecuente procesamiento en el Tribunal Penal de La Haya–, y hay que desviar la atención hacia el norte, donde Washington cuece recetas no muy del gusto de algunos de sus tradicionales aliados. Fidel Castro acostumbra a jugar al límite, y al límite está su autoridad, amenazada, entre otras cosas, por la permanencia de un embargo que le impide acceder a créditos imprescindibles para su permanencia en el poder.
Lo que estaba y está en juego es la desesperada situación interna de un régimen que ya sólo puede recurrir a la fuerza bruta para contener el crecimiento de la sociedad civil. Como que el Máximo Líder, si quiere inmiscuir a EEUU en esa ecuación, va a tener que mostrar, al menos de refilón, alguna que otra ojiva, alguna que otra jabita con ántrax. De lo contrario, ni modo. Donald Rumsfeld ha sido bastante claro al respecto, y la pelota, una vez más, regresa al lugar de donde vino: "No podemos hacer que todo el mundo sea como nosotros", ha dicho el secretario de Defensa norteamericano contestando a la pregunta de cuándo Washington liberaría la Isla; "sólo si se descubrieran armas de destrucción masiva en Cuba" EEUU intervendría, aseguró. Malas noticias para La Habana. Del otro lado de la mesa, no hay nadie con quien jugar.

Jugando al límite
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