No hablaba de la guerra de Irak. Todo aquel ruido de los tres últimos meses. En España. Invocaba su nombre. Lo envolvía en ese celofán obsceno de los buenos sentimientos. En ése que ha servido siempre para dar apariencia respetable a los propósitos más turbios. En repetidas parodias parlamentarias (nadie habrá, al fin, desprestigiado más, en estas décadas, al Parlamento que el matrimonio de interés Zapatero-Llamazares a lo largo de las últimas semanas), en sórdidas autopublicidades gratuitas de actores que viven de la sopa boba de la subvención con cargo a nuestros impuestos, en lelas proclamas apocalípticas, al abrigo de las cuales tan bien acaba por venderse siempre el papel impreso.
Era ruido de guerra, éste en España. No hay de eso, pienso, duda alguna. Pero no de guerra de Irak. La de Irak ha servido de obscena coartada: no existe en este mundo obscenidad más repugnante que la de utilizar los cadáveres ajenos en sigiloso beneficio propio. Coartada, para hacer invisible otro tipo de guerra más cercana. De salón, si se quiere. De intereses fríamente materiales, en todo caso. Guerra electoral: no hay nada más obsceno que cosechar votos agitando sangre y vísceras de cadáveres ajenos. Nunca, por estos lares, se ha ido tan lejos en eso.
No, claro que no era la guerra de Irak, ésta de la España en escénica insurrección civil tras Bardem, Madrazares, Zapatero. Era la guerra de la Moncloa. Hasta un imbécil podía entonces verlo. Ahora, ya sólo da vergüenza (aunque “vergüenza” es decir poco).
Todo valía entonces. Invocar alegremente el genocidio, asimilar, a los dos días del inicio, el desarrollo bélico con una cataclismática mixtura entre Vietnam y el Líbano, exhibir vísceras y mutilaciones infantiles, causadas, of course, por el liberticida Aznar. Todo valía: hasta el detalle groucho-marxiano de que el corresponsal de la radio pública española –esa tan ferozmente controlada por el PP– no diese jamás otro nombre a las fuerzas aliadas que el de fuerzas invasoras. Claro que ése era el mismo que dio palabrita del niño Jesús de que en Yenín había habido un genocidio no menor que el de Auschwitz y Varsovia juntos. Todo valía: hasta hacer responsable al presidente del gobierno español de la muerte –cada uno como consecuencia de fuego de uno de los dos bandos– de dos corresponsales de guerra. Todo valía: hasta que el día mismo en que toda la prensa internacional –también la francesa y alemana– daban cuenta del desmoronamiento militar iraquí, buena parte de la española seguía empecinada en afirmar el inicio de la guerra de verdad, del mortífero pantano que se tragaría a británicos y estadounidenses: se llama confundir realidad y deseo; y es siniestro.
Era preciso que la guerra durase, para que la estrategia Zapatero-Madrazares fuera operativa. Nada muy novedoso. Se trataba de bombardear –dialécticamente, por supuesto, pero las fronteras del linchamiento real se rozaron– las posiciones políticas del adversario, jugando a revestir un moralismo más mentiroso que Felipe González en lírico arrebato GAL. Apostar por unas elecciones autonómicas y municipales marcadas por ese horizonte de fuego y miedo en el Cercano Oriente. Embestir, ya en serio, cuando, llegado septiembre, el colega Ibarreche decidiera abolir la Constitución vigente y convocar un referéndum ante el cual el Estado (no un partido u otro, no un Gobierno u otro, el Estado) vivirá (porque eso va a suceder, nadie se engañe) su crisis más profunda. Hacer que esa final voladura, quiebre lo bastante el país como para llegar a las elecciones generales con un pie en el abismo.
Algunos llamarán a eso suicidio. Pero es la apuesta de los herederos del PSOE-GAL. Aunque su primer supuesto, la prolongación de la guerra contra la dictadura iraquí, haya fallado. Da igual. No tienen ninguna línea de repliegue. Las cartas están echadas. Aguardan tiempos muy desagradables.

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