El “día” es una palabra que se presta a una definición engañosa. Durante siglos los diccionarios han estado definiendo al “día” como el tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta sobre la Tierra. En efecto, todo el mundo comprueba que el Sol sale, se pone y vuelve a salir. Bueno, ahora sabemos que el día es el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta sobre su eje; una velocidad que tendría que ser de vértigo… si lográramos experimentar el estar sin movernos. Pero la inmovilidad no existe en el universo, al menos en este nuestro.
Sea como sea, el “día” va cediendo a la “jornada”. Cualquier motivo es bueno para reunirse en las oportunas jornadas. Hay jornada electoral y de reflexión, de trabajo y de ocio, de lucha y de puertas abiertas, de luto y de alegría. Tenemos jornadas gastronómicas, deportivas, musicales, de cualquier tipo de actividad. La jornada puede durar horas o días. Quizá lo que distingue a la jornada es que muchas personas hacen algo al mismo tiempo y en un mismo lugar. Ya se sabe, cuando una palabra significa muchas cosas distintas, empieza a perder sentido. Eso es lo que pasa con las dichosas jornadas.

La jornada interminable
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