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Zapatero tiene la palabra

La muerte en Bagdad del militar español Manuel Martín Oar acerca a la sociedad española, de forma convulsa e instantánea, a la situación que está atravesando Irak después de la guerra, donde el terrorismo y la inestabilidad política buscan de forma desesperada impedir que la normalidad se convierta en la forma habitual de convivencia de los ciudadanos. Lo ocurrido en las oficinas de Naciones Unidas en Bagdad es un atentado terrorista en toda regla, contra una Institución internacional que, desde el consenso, está trabajando para que la sociedad iraquí pueda vivir amparada bajo las normas internacionales de paz y de democracia, algo que por cierto es desconocido para muchos ciudadanos iraquíes, que sólo han vivido el miedo y el terror de la dictadura de Sadam Husein.

Estas primeras consideraciones sobre lo ocurrido en Bagdad, evidentes para muchos, desmontan de un plumazo la estrategia política que en España ha venido manteniendo la oposición. La muerte en atentado terrorista del capitán de navío Martín Oar se convierte, de forma inevitable, en una prueba de fuego para la errática, incoherente y partidista política que el Partido Socialista ha venido desarrollando desde el pasado mes de febrero con la crisis de Irak como objetivo. Una estrategia que, además, las urnas han castigado de forma clara el pasado 25 mayo en las elecciones autonómicas y municipales. Ahora, con el atentado ocurrido en Bagdad contra la ONU, la institución que ha de garantizar la estabilidad de Irak, se demuestra nítidamente que los intereses terroristas buscan la desestabilización del país y la salida de las fuerzas internacionales llamadas a mantener el orden y la paz.

Por ello, el PSOE tiene ahora una oportunidad de oro para rectificar todos sus errores recientes sobre la guerra de Irak, recuperar la imagen de un partido con visión de Estado y, por último, también tiene una oportunidad de oro para ofrecer un mensaje de cooperación y colaboración con el Gobierno de España. El PSOE que durante meses ha preferido la política asamblearia de pancarta y megáfono, que ha optado por el uso partidista y electoralista de un conflicto internacional y que se ha subido al carro de una formación marginal como es Izquierda Unida, puede ahora, si quiere, recuperar el terreno perdido. Así pues, Rodríguez Zapatero, y no otro de su partido, tiene la palabra.

Si el secretario general de los socialistas actúa con una cierta dosis de inteligencia, deja de lado a aquellos colaboradores que ya se ven con coche oficial en 2004 y decide abandonar un estilo de política que le ha llevado a un sonoro fracaso en las últimas elecciones, puede recuperar la línea de responsabilidad y alternativa de Gobierno que tuvo en el arranque de su trabajo al frente de la Secretaría General del PSOE. Una imagen que, por cierto, actualmente se encuentra a la deriva, destrozada por las ordenes y advertencias de los editoriales de El País y laminada por los ¿consejos? de Felipe González. Ahora el PSOE tiene de nuevo una oportunidad, la oportunidad que ha perdido repetidas veces, de ser un partido responsable. Y Zapatero, tan preocupado como está por diferenciar su mensaje del Partido Popular en el País Vasco, aunque no parece tener esas mismas inquietudes a la hora de diferenciar su mensaje del de Gaspar Llamazares en la crisis iraquí, ahora puede desmarcarse y dejar de ser compañero y comparsa del coordinador general de Izquierda Unida.

El líder del PSOE tiene una nueva oportunidad, posiblemente la última, para rectificar y salir de un callejón en el que ha entrado por las vanidades de unos, por los errores de otros y por su propia falta de carácter. Ahora que tiene un partido sin orden interno, con una inexplicable visión sobre el futuro de España y con unas encuestas que le dan la espalda, sólo le falta seguir insistiendo en la estrategia que le ha llevado a estar más cerca de los partidos marginales que de aquellos que tienen una visión global del Estado. Zapatero, con todo el desarrollo del proceso de pacificación de Irak por delante, tiene ahora su última oportunidad. Si volvemos a ver al Zapatero demagogo y vacío del Debate sobre el Estado de la Nación, al inexperto y asambleario de la última campaña electoral o al desdibujado, incapaz de poner orden en su partido, las elecciones de marzo de 2004 se convertirán en su tumba política. Zapatero tiene ahora su último tren y, si vuelve a preferir el ruido de la pancarta, me temo que lo perderá definitivamente.

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