Vuelta a casa, a la rutina gris, a lo real, que es siempre esencialmente repetido. La misma desgana, siempre en septiembre. Idéntica esa sensación de estafa que se va adueñando de uno en la medida misma en que los años pasan: ¿para qué todo esto? ¿Sólo para que un puñado de sinvergüenzas medren?
Al final, claro está, uno deja que el sol robado al mar en pocos días palidezca. Que todo vuelva a ser céreo y desangelado. Que el mortal aburrimiento de la vida cotidiano se queda, al menos, en eso: en aburrimiento. Que no es, desde luego, lo peor que puede pasarle a uno.
En este país, sobre todo.
Para los ciudadanos madrileños no habrá, este otoño, ni siquiera la paz cansina de los aburridos. Y sí un cabreo faraónico, ante la inmensidad inacabable de la tomadura de pelo a la cual lo han sometido los políticos.
Volvemos como nos fuimos. Sabemos, eso sí, tras los tres meses de comisión televisada sobre las aventuras inmobiliarias de Tamayo, Mamblona, Sáez, Balbás, Porta, Simancas y los otros, lo que ya sabíamos: que no hay partido socialista –en Madrid, al menos—; que hay sólo una amalgama de mafias inmobiliarias que a través de la FSM se reparten un botín con cargo a nuestros impuestos. Que no hay política ya, si es que alguna vez la hubo. Que sólo hay una plácida gangsterización normalizada, a cambio de cuyas mastodónticas exacciones se le conceden al ciudadano, al menos (menos da una piedra), ciertas básicas garantías de libertad y protección jurídica (siempre y cuando no se meta en camisa de once varas).
Sé, sabemos todos, que podría ser peor. Infinitamente. Que menos malo es ser robado en una sociedad democrática que en una totalitaria. Sé, sabemos, que a los poderosos nadie los mete en la cárcel. Ni en las sociedades totalitarias ni en las nuestras.
Conozco mi privilegio. Pero no me cura el asco. Así son las rutinas.

Vuelta al cero
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