Los resultados de las elecciones autonómicas celebradas en Cataluña este domingo nos dejan sobre la mesa un complicado mapa político en el que caben muchas y variadas combinaciones, alguna de ellas ciertamente peligrosa. De todo ello habrá tiempo para hablar largo y tendido en los próximos días, pero lo que está claro es que la primera conclusión que se puede sacar, independientemente de lo que pase, es que los socialistas no han cumplido con las expectativas. No lo ha hecho Pascual Maragall y, por lo tanto, tampoco José Luis Rodríguez Zapatero.
Los resultados dejan en la calle Ferraz la segunda derrota electoral en menos de un mes. Primero fue Madrid, y ahora, Cataluña; sin olvidarnos, claro está, del estropicio que los socialistas tuvieron el 25 de mayo en las municipales y autonómicas. Es un reguero de derrotas en las urnas que ha ido dejando la actual dirección federal del PSOE, lo cual no es precisamente un buen preámbulo para las elecciones de marzo del año próximo. Así pues, Zapatero se presenta en la recta final de la campaña electoral de las generales con una buena colección de apuestas fallidas. Y en política lo único que vale es la victoria en las urnas, todo lo demás son cuentos y fantasías que sólo sirven para entretener la imaginación, pero que deterioran el liderazgo de forma irremediable.
El secretario general del PSOE se ha llevado la segunda en la frente y, además, en muy poco tiempo. Zapatero, cuestionado abiertamente dentro del PSOE, sin la confianza de sus principales barones, como Juan Carlos Rodríguez Ibarra y José Bono, con Felipe González trajinando bajo cuerda y sin un solo triunfo electoral en su "curriculum", se encuentra en un momento muy complicado. Él lo sabe de sobra, aunque intenta defenderse barrocamente de sus debilidades y miserias políticas. Zapatero ha salido escaldado de Madrid y de Cataluña, el peor preámbulo posible para unas generales. Y sino, que se lo digan a Mariano Rajoy.
