Trece años después, Telecinco volvió a ofrecer un cara a cara entre los cabezas de lista del PP y el PSOE. Entonces fueron Aznar y González en las elecciones legislativas, y esta semana los protagonistas han sido Jaime Mayor Oreja y Josep Borrell en vísperas de las europeas. Demasiado tiempo para que no coja desentrenados a los supuestos contendientes y para que los jefes de campaña y la propia cadena no hayan impuesto unas reglas tan rígidas que prácticamente han convertido el supuesto debate en una especie de concurso en el que el reloj manda más que los argumentos. De hecho, tenía tanto protagonismo visual como las caras de los candidatos.
El temor a lo que significa el espectáculo televisivo es un factor que atenaza y da poco juego. Ver a todo un jefe de informativos convertido en una especie de conductor de concursos en los que "el tiempo es oro", es muy poco estimulante y crea una cierta frustración al ver que una cadena privada, por tener la ventaja de ser la primera en ofrecer un cara a cara, presenta una rigidez incluso mayor que la que se impone una televisión pública.
El escenario, con el azul de rigor omnipresente hasta en la corbata de Mayor Oreja -quizá el único acierto simbólico de la puesta en escena del líder del Partido Popular al remitir a las estrellitas europeas- fue austero y simple. El papel de árbitro de Juan Pedro Valentín, correcto para la cadena pero poco estimulante para el telespectador, y la representación de los contendientes, mucho mejor preparada por parte de Borrell que de Mayor Oreja.
El diálogo de sordos con las consignas de campaña, que seguían el esquema de los "spots" publicitarios, estaba milimetrado. Pero la puesta en escena de Borrell resultaba más preparada. El candidato socialista colocó sus papeles a una distancia suficiente como para que no se apreciara la dependencia del guión, mientras que Mayor Oreja manejaba folios transmitiendo la impresión de que no se traía la lección aprendida. Mientras el socialista no miraba de reojo a la cámara, sino que intentaba contestar al contendiente, Mayor Oreja se encontró confundido en la dirección de sus miradas. Además, Borrell, que cerró el debate, se dirigió a la cámara para pedir el voto apoyándose en el recuerdo de la victoria de Zapatero en las muy recientes elecciones legislativas.
Otro dato nada desdeñable es que Borrell siempre se dirigiera al "señor Mayor", con lo que daba a entender, educadamente, que era como un retirado de la tercera edad. Respecto a los mensajes, es obvio que el candidato del Partido Popular tenía que incidir en los logros de los últimos ocho años del Gobierno. Hay algo que puede jugar a favor de Mayor Oreja, que es la capacidad para transmitir credibilidad por fuera de las habilidades escénicas, y que Borrell tiene en su contra una sensación de artificial que lo hace menos cercano, hasta cuando parece más seguro.
