El debate parlamentario sobre el plan independentista de Ibarretxe ha dejado al descubierto una situación evidente para todos. Rodríguez Zapatero no ofrece la solidez obligatoria en un presidente del Gobierno, mientras que Mariano Rajoy ha tomado las riendas de hombre de Estado, imprescindible en una situación de crisis institucional como la que atravesamos.
Después de este larguísimo debate parlamentario, la pregunta salta inexorable: ¿quién es el presidente del Gobierno? Nadie pone en duda que Zapatero tiene el respaldo de los votos pero no tiene la consistencia necesaria. El discurso del presidente del Gobierno no es la intervención propia de alguien que debe de actuar como el primer guardián del orden constitucional. Zapatero con palabras florales, cantos al amor universal y deseos ambiguos de entendimiento se ha deslizado de forma muy peligrosa entre formas y maneras que esconden cesión y concesión.
Zapatero ha demostrado su incapacidad para decir un no sin doble fondo, su falta de carácter para actuar de forma clara y su irresponsabilidad ante los problemas de Estado. Zapatero ha dicho no al plan Ibarretxe en el Congreso, pero ha dejado la puerta abierta a la negociación. Algo que es absolutamente inaudito. Dejando en último lugar el terrorismo etarra y con un recuerdo mínimo hacía las víctimas, el Jefe del Ejecutivo ha ofrecido una imagen paupérrima a quién se le debe de exigir seguridad.
Quizá el ridículo de Zapatero ha sido más llamativo ante la impecable intervención de Mariano Rajoy. El líder del Partido Popular ha ofrecido la imagen que los españoles esperamos de un presidente del Gobierno, sea del partido que sea. Rajoy ha realizado posiblemente el discurso más importante de su carrera política. Sólido, claro, bien construido y consistente. Rajoy ha situado en un lugar prioritario a las víctimas, ha cantado las verdades del barquero a Ibarretxe y ha puesto en su sitio al terrorismo etarra. Rajoy ha subido el escalón definitivo de hombre de Estado.
El desarrollo de este debate parlamentario, en definitiva, ha confirmado que nunca se debería haber celebrado. Dejar hablar a Ibarretxe en el Congreso es un insulto a la soberanía popular. No hay ninguna razón para poner a prueba la salud de la democracia española metiendo al enemigo en casa. Esa actitud al final ha demostrado ser cobarde, y no hay que olvidar que su principal impulsor ha sido el propio Zapatero. No hay ninguna necesidad de invitar a nuestra casa a aquellos que nos insultan y que ponen en peligro la unidad nacional.
Y la realidad de los hechos lo han demostrado. Lo que ciertamente no estaba en el guión ha sido la triste imagen de Zapatero que nada tiene que ver con la de un presidente del Gobierno. Una nueva preocupación.
