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Una boda a medias

Como suele ser habitual en las televisiones españolas, no se escuchó la música, que fue lo mejor, sin interrupciones

Los amantes del perifollo y los cuentos de hadas poco habrán disfrutado con la boda del Príncipe Carlos de Inglaterra y Camila. Hace 24 años medio mundo seguía el enlace con Diana, las calles de Londres estaban a rebosar y una chica de 20 años se vestía como un repollo de volantes con gran ilusión. El especial informativo que le ha dedicado TVE a este enlace ha mostrado una doble ceremonia tan escueta como alejada de cualquier rasgo de emoción, salvo la alegría contenida de los novios, que por fin veían regularizada su situación.
 
Con el reciente funeral de Juan Pablo II y el recuerdo de Diana más valía que todo transcurriera de manera rápida y discreta y con pocas cámaras. El matrimonio civil se celebró a puerta cerrada y con treinta asistentes en el Ayuntamiento de Windsor y apenas dio pie a los comentarios de Cristina García Ramos, Fernando Rayón, Concha Calleja y Sonia Ferrer: entrada de los contrayentes sin tocarse y salida del brazo con cara de satisfacción, relajados y naturales. El vestuario no se prestaba mucho al cotilleo, salvo la pamela de Camila y el Príncipe con el chaqué que le es habitual.
 
La ceremonia religiosa, una bendición de la iglesia anglicana que encabeza la Reina y celebra el arzobispo de Canterbury, duró poco más de media hora y las imágenes estuvieron más centradas en el coro que en los novios. A la Reina más valía que no la enfocaran, porque en ningún momento se vio que mirara a su hijo. Como suele ser habitual en las televisiones españolas, no se escuchó la música, que fue lo mejor, sin interrupciones. La capilla de S. Jorge le daba prestancia al acto y la religión ponía solemnidad, pero entre las traducciones simultáneas y las intervenciones de Cristina García Ramos y Carlos López, obispo anglicano de Madrid, no hubo manera de que se transmitiera emoción estética. Y eso que la arquitectura y los invitados componían un decorado muy conseguido.
 
Al final del acto se esperaba un “posado” de la familia que resultó bastante alterado por el viento y las ganas de irse de la Reina. Camila estuvo pendiente del aire inoportuno, que a punto estuvo de llevarse su tocado, y en un momento se disgregó el grupo. Parece que esta boda tendrá menos fotos que la del más humilde contrayente de un barrio periférico. Concluido el rápido “posado”, la pareja hizo una concesión a su campaña de imagen acercándose a los curiosos y departiendo con ellos. Camila no es Lady Di, pero muestra cercanía y parece simpática y, desde luego, le sienta mejor la sonrisa que la cara seria.
 
Las comparaciones no favorecen demasiado a esta segunda esposa, no es joven ni guapa, pero lo que sí hay que reconocer es que el amor que hay detrás de esta boda de circunstancias es bastante más sólido que el tan celebrado hace 24 años. Sin Camila es probable que el Príncipe Carlos se hubiera trastornado tanto como Diana de Gales, y aún ha tenido suerte el heredero de la Corona Británica de que una mujer con personalidad, de 58 años, haya accedido a compartir la vida con un señor que quizá no llegue a reinar.
 
Esta boda, a la que TVE le ha reservado seis u ocho horas estirando lo poco que daba de sí, no es que fuera triste, sino de cumplido, y nadie se esforzó por dar otra imagen. En los próximos días habrá comentarios en los programas de información rosa, y algunos intentarán hacer bromas tan poco sutiles como las camisetas que venden en Inglaterra con Camila como si fuera una yegua, pero la campestre Camila tiene más posibilidades de hacer feliz a su marido que la desdichada y cursi Lady Di.    

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