Hace tiempo que no comento los nuevos libros que salen al mercado relacionados con la materia que aquí nos convoca. Si algún efecto tranquilizante tiene esta ventana de las palabras es aportar materiales de lectura. En este caso recibo con albricias la aparición de dos nuevos libros de Espasa, la casa editorial que alberga tantas obras de consulta en materia lingüística. Son el Diccionario de argot de Julia Sanmartín y la Mitología griega y romana de René Martín. El argot al que se refiere el libro de Julia Sanmartín es la jerga más coloquial, principalmente de los jóvenes, que se proyecta cada vez más en la relación internética. El libro de René Martín sobre los mitos clásicos es de continua referencia en el lenguaje culto, el otro extremo del habla coloquial.
Normalmente, los diccionarios se refieren a palabras sueltas. Pero hay otra forma de comprender el lenguaje: a través de las conexiones de palabras. Sobre el particular acaba de aparecer un texto valiosísimo, el de Ignacio Bosque, Diccionario combinatorio práctico del español contemporáneo (Editorial SM). Espero que los libertarios curiosos saquen mucho provecho a los libros citados.
Agustín Fuentes me hace un estupendo alegato del tipo de libros que no le gustan: los oscuros, los que remedan un falso pintoresquismo, etc. Me llega al alma esta aseveración: "Tampoco me siento cómodo leyendo libros escritos en primera persona". Vaya chasco. Esta seccioncilla se redacta sistemáticamente en primera persona, incluidas las luengas misivas de don Agustín. De forma muy pensada he escrito en primera persona (la de los personajes) las tres novelas que he publicado. Hay otras tres en trance de escritura o de publicación que también se redactan de esa guisa. Es una decisión muy pensada. Siempre me ha parecido que la tercera persona es un poco falsa en la novela. ¿Quién es el autor para decir lo que piensan, dicen o hacen sus personajes? Mejor será el arbitrio de que ellos mismos nos cuenten a su modo lo que piensan, dicen o hacen. De ahí que en la novelística sea tan socorrido el género epistolar. Con esto de los chats, los blogs y demás géneros internéticos se vuelve a potenciar la escritura en primera persona.
José María Navia-Osorio me envía una deliciosa crítica del libro de Hugh Thomas, Cartas desde Asturias. En principio, le molesta un poco la actitud de los hispanistas ingleses que "analizan a los españoles desde su torre de cristal y con displicente curiosidad". El libro en cuestión es una crónica viajera, muy entretenida, pero con muchos errores de detalle. Se nota que sir Thomas es un "señorito de izquierdas" según la percepción de don José María. El mismo sir Thomas se identifica con los whigs (los comerciantes enriquecidos de la India). Por eso, dice don José María, el hispanista no logra entender la figura del indiano generoso que regresa a Asturias. Por cierto, añade don José María que, en un artículo anterior, parece que don Daniel Miguélez confunde los snobs con los nababs. Los snobs no eran los ingleses que emigraban y se enriquecían, sino los que ascendían socialmente. Menos mal que a sir Thomas le gusta La Regenta, lo mismo que a don José María y a mí.
Antonio Hidalgo Fernández se extraña de que yo hable de "anormalidad mental" (sin ánimo despectivo) en don Quijote cuando se trata de un personaje de ficción. Es así, pero es tal la fuerza del personaje que se desprende de su creador, el manco Cervantes. A veces uno llega a creer que don Miguel es la criatura de ficción. Claro que lo más fantástico es visitar la casa de Dulcinea en El Toboso. Todo el mundo da por auténtica esa casa, cuando Dulcinea (o Aldonza Lorenzo) ni siquiera es un personaje que aparece en el Quijote. Es una doble invención de don Quijote y de Sancho, cada uno por su lado. En cuyo caso no hay forma de saber quién era o cómo era doña Aldonza o doña Dulcinea. Para mí que debió de ser una antigua novia de don Alonso Quijano, Quijada o Quesada. La variabilidad onomástica es otra cosa que fascina en el Quijote.

