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Carlos Semprún Maura

Inmigración e identidad

Las organizaciones y los países islamistas se aprovechan de la reciente y masiva inmigración ilegal, y hasta de la legal, para enviar a sus activistas islámicos junto a los "balseros".

Los problemas de la inmigración en Francia (y en Europa) son cada vez más graves, pero como hay diferentes tipos de inmigración –a veces, ninguno–, la búsqueda de soluciones debería diversificarse.

El asunto más grave y que más se oculta es la imitación, ya sea a sabiendas o no, que hacen los islamistas de Fidel Castro. El dictador, fingiendo magnanimidad, aceptó la salida de la isla de miles de cubanos durante la primavera de 1980. La utilizó para vaciar las cárceles de presos comunes y los manicomios de enfermos mentales, que envió a Florida junto a los exiliados, esperando crear allí un caos que finalmente no se produjo.

Las organizaciones y los países islamistas se aprovechan de la reciente y masiva inmigración ilegal, y hasta de la legal, para enviar a sus activistas islámicos junto a los "balseros". Su objetivo también es crear caos, en esa gigantesca operación de invasión de Europa que ciertos imanes y el dictador Gadafi nos prometen abiertamente. Resulta evidente que, en este caso, las medidas de acogida no pueden ser las mismas a las que se merecen los otros inmigrantes, legales o ilegales, aunque es cierto que no sería nada fácil distinguirles. Lo que sí está claro es que condenar todas las medidas para frenar la inmigración ilegal o clandestina es pura demagogia.

Pero ya que la cuestión de la identidad nacional está en el centro de la actual campaña presidencial, debo indicar que yo mismo soy testigo directo de que muchos inmigrantes no quieren integrarse ni son candidatos a la nacionalidad francesa. Conocí a bastantes de los emigrantes que llegaron a Francia masivamente a partir de los años 60 y puedo atestiguar que, aparte de una minoría que pensaba afincarse en Francia y hacerse franceses, o al menos sus hijos, los demás, que eran la mayoría, pensaban trabajar en Francia (o en Bélgica, o en Alemania) unos años, cinco o diez, para luego volverse a España, a ser posible con algún ahorrito. De hecho, así lo hicieron. Si les hubieran hablado a esos "temporeros" de la identidad nacional francesa, hubieran respondido: "No, gracias, ya tenemos la nuestra". Algo parecido ocurre con los portugueses o con los turcos, pongamos.

La inmigración conlleva muchos otros problemas como, por ejemplo, el "reagrupamiento familiar" de inmigrantes musulmanes en Francia, que crea problemas peculiares, porque muchas veces se trata de familias numerosas con cuatro mujeres y quince hijos, y todos cobran subsidios familiares estatales, muchos más que las familias francesas o españolas. Lo que falta en la actual política gala de inmigración es flexibilidad. No todos los casos son iguales, ni todos los inmigrantes piensan afincarse en Francia para siempre jamás. Pero ahora lo único evidente es el desorden y la improvisación.

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