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Juan Morote

Otro mundo posible

Esta loa de la tiranía es propia de la izquierda posterior a la guerra fría, que no pudo enterrar la libertad a base de bota y Kalashnikov y ahora intenta subyugarla a base de populismo de inspiración peronista a ambos lados del Atlántico.

Todos los dictadores que han sentado sus reales en alguna parte de este mundo han albergado la pretensión de cambiarlo. Han imaginado una sociedad a su medida; han soñado con ser una especie de Dr. Frankenstein social capaz de crear el mundo, asimilando su fatuo poder al ejercido por Yahvé en el Génesis. No se libra de esta tentación Hugo Chávez, como tampoco se libraron Hitler, Stalin, Sabino Arana y tantos otros cuya pretensión fue la construcción de un mundo diferente. Ahora bien, todos ellos tienen en común un odio cerval a la libertad, una falta absoluta de fe en los individuos, y la certeza de la tendencia al adormecimiento en las sociedades a medida que se incrementa el carácter tuitivo del Estado.

Hasta aquí lo escrito es público y notorio; en cambio, se da por supuesto, y aquí radica la gravedad, es que la progresía, bajo un hálito de defensa de la libertad y pavoneándose de una supuesta sensibilidad hacia los problemas de los más pobres, ha emprendido una cruzada contra la libertad individual en todo el planeta. Los progres representan la verdadera internacional. Jamás soñó Marx con una estructura tan homogénea, coordinada, obediente a la consigna y bajo la influencia de los pseudointelectuales que funcionase como un reloj de Breguet.

Uno de los cabecillas de semejante ola de homogeneización de pensamiento, uno de los tiranos de la intolerancia progre, es Noam Chomsky. Este sujeto octogenario, ilustre lingüista, encarna perfectamente lo que Hayek ya denominaba los propagandistas del falso individualismo. Son aquellos que parten del racionalismo cartesiano y acaban mostrando una falta de confianza absoluta en las personas. Pretenden liquidar todas las instituciones intermedias de la sociedad civil que nacen de forma natural y sin un propósito previo para situar al individuo aislado frente al Estado. Según estos dictadores del pensamiento, como decía mi amigo Denis Jeambar, una institución sólo es buena si es un producto pensado y cuyo objetivo se encamina hacia una intervención del Estado en detrimento de la libertad.

Este Chomsky, por supuesto, nacido y criado en la costa Este de los Estados Unidos, es uno de los adalides mundiales del la "Internacional progre", junto a Petit, Annan, Stiglitz y casi el cien por cien de los cineastas europeos y la mitad de los americanos. Este antisemita venerado por el boletín de la progresía americana, el New York Times, acaba de descubrir las bondades del tiránico régimen de Chávez en Venezuela. Le hemos podido contemplar sonriente con el dictador caribeño anunciando el advenimiento de un nuevo mundo gracias al esfuerzo de Chávez. Esta loa de la tiranía es propia de la izquierda posterior a la guerra fría, que no pudo enterrar la libertad a base de bota y Kalashnikov y ahora intenta subyugarla a base de populismo de inspiración peronista a ambos lados del Atlántico; esto sí que representa una amenaza digna de ser tomada en cuenta.

A todos los creadores del pensamiento de la "Internacional Progre" les molesta Israel; les gustan los tiranos musulmanes; odian a los Estados Unidos y acuden raudos en socorro mediático de cualquier tiranuelo que, para ocultar la subyugación de su pueblo, distrae la opinión con grandes alharacas antiamericanas. Lo que de verdad me preocupa es el grado de global aceptación que este movimiento liberticida está alcanzando. Por el bien de todos, espero que nunca se haga realidad ese otro mundo frankensteiniano y hediondo de Chomsky y Chávez.

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