Colabora
Cayetano González

La clase política como problema

No se atisba en el horizonte síntomas de regeneración ni en la clase política ni en los partidos. En la mayoría de ellos, la democracia interna brilla por su ausencia. Viven en su mundo, fabricando su chiringuito.

A pesar de los denodados esfuerzos que hacen nuestros políticos por tomar por tontos a los españoles, estos no se dejan tan fácilmente. El barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) correspondiente al mes de noviembre pone de manifiesto que para las 2.490 personas encuestadas, el tercer problema que existe actualmente en nuestro país es la clase política y los partidos políticos, solamente por detrás del paro y de los problemas de índole económica, y por delante de cuestiones también importantes para la ciudadanía como la inmigración, el terrorismo de ETA, la vivienda, la educación o la inseguridad ciudadana.

El desprestigio de la clase –¿habría que denominarla mas adecuadamente casta?– política es evidente. Méritos más que sobrados han hecho para conseguirlo. Estamos viviendo sin duda el peor momento desde la transición política y en gran parte se debe a la mediocridad de los actuales políticos y de los partidos, que viven encerrados en si mismos, cada vez más alejados de los ciudadanos y de sus problemas.

Sería injusto decir que todos los políticos son iguales. No es verdad. Hay bastantes que están en la vida pública con una intención noble de servir a los ciudadanos. Esto se pone de manifiesto de forma más clara en la institución más cercana a la gente, los ayuntamientos, donde muchos concejales lo son de forma desinteresada, no ganando nada a cambio. Ya sé que la excepción a esto último lo constituye la corrupción que se ha destapado y otra que todavía permanece oculta en bastantes ayuntamientos en torno a todas las cuestiones relacionadas con el urbanismo y las obras municipales. Pero reitero que estamos en unos momentos de enorme desprestigio de la clase política. Y por ahí viene el desencanto ciudadano, el alejamiento de la vida política, la no participación en los procesos electorales, etc.

En este año que está a punto de finalizar hemos podido ver varios ejemplos que ilustran esa mediocridad de la clase política. En el Gobierno y en el partido que lo apoya, los ejemplos son abundantes. La imagen que ha dado el Ejecutivo de Zapatero para hacer frente a la crisis económica o para resolver la crisis creada por el secuestro del pesquero vasco Alakrana o por la huelga de hambre protagonizada por la activista saharaui, Aminatu Haidar, ha sido bastante patética.

Pero el principal partido de la oposición no le ha ido a la zaga. La tardanza por parte de la dirección nacional del PP en adoptar medidas en torno al caso Gürtel que ha afectado a varios dirigentes y cargos públicos ha sido el ejemplo más paradigmático. Y el remate lo ha constituido la reciente elaboración de un código de "buena conducta" que explicado por la vicesecretaria de organización Ana Mato todavía resulta mas ridículo. Según la citada dirigente, recibir un ramo de flores por tu cumpleaños o unos polvorones en Navidad, entra dentro de las prácticas permitidas por ese código. Lo dicho, ridículo total.

El problema es que no se atisba en el horizonte síntomas de regeneración ni en la clase política ni en los partidos. En la mayoría de ellos, la democracia interna brilla por su ausencia. Viven en su mundo, fabricando su chiringuito. Los jefes se suelen rodear de un grupo de "pelotas" –otros los llaman asesores– que son incapaces de decir algo que les lleve la contraria. Y así les va. Pero se está jugando con fuego, porque cuando en un país como España, con la que está cayendo, que el tercer problema para los ciudadanos sea la clase política y los partidos, es como para mirárselo. ¿Lo harán? No tengo ninguna duda de que no.

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