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Obama o el declive

Si Obama pierde, habrá caído uno de los últimos vestigios del socialismo. Que así sea.

Si Obama pierde, habrá caído uno de los últimos vestigios del socialismo. Que así sea.

Cuando un representante de la progresía americana como Richard Cohen dice, en su última contribución preelectoral en el Washington Post, que votará a Obama con remordimiento por no ser quien parecía ser, es que Obama tiene un problema.

El presidente trata a toda prisa de convencer a sus partidarios radicales, porque sabe que los simpatizantes republicanos que se quedaron en casa en 2008 esta vez acudirán a votar. Quizá lo logre, aunque sea tarde para cerrar Guantánamo.

Estados Unidos está en declive, como el resto de Occidente, aunque en menor grado. Cuando Fukuyama declaró el fin de la historia y desaparecieron las alternativas al gobierno demo-liberal, con la excepción del islam fanático y la corrupta China, se relajó la exigencia moral que generó el modelo que mayor prosperidad y libertad ha generado. Esto, junto con la interpretación mediática de los años de Bush, llevó a Obama a la Casa Blanca.

Los americanos, confundidos por las declaraciones de Obama y el color de su piel, olvidaron lo que representa. Representa, sobre esto no se equivocan nuestros desanimados progresistas patrios, el intento de transformar Estados Unidos en una socialdemocracia europea más parecida a Suecia que a Alemania.

Ya en 2011 la revista germana Der Spiegel consideró que la debilidad de Obama era peligrosa para la economía global. Reiteradamente Merkel y Schäuble han hecho manifestaciones similares bajo formas diplomáticas. Obama es el nefasto ejemplo de gasto desmesurado y endeudamiento irresponsable que garantiza economías inviables.

Pero eso no es lo peor.

Obama dijo en 2008: "Estamos a cinco días de transformar fundamentalmente los Estados Unidos de América". Era cierto. Su cercanía a turbios personajes como el exterrorista Bill Ayers, el pastor racista Jeremiah Wright y el propalestino Rashid Jalidi aseguraba en origen un programa radical. Cuando Carter y Clinton gobernaron para la izquierda, el sistema inmunológico americano reaccionó. Obama, al contrario que Clinton, desatendió el mensaje de la derrota parlamentaria de medio mandato. Siguió intentando que América se arrepintiese de sus pecados y se convirtiera en un país mejor. Pero la nación engendrada por los Padres Fundadores, desde Adams a George Washington, tiene más necesidad de asumir la responsabilidad que su poder conlleva que de falsa contrición.

Obama es sencillamente un izquierdista antiamericano. Es esta mentalidad lo que ha hecho fracasar a Estados Unidos económicamente y propiciado su retirada estratégica, que amenaza a todos, empezando por sus propios embajadores. Es este reprochable estado de espíritu el que aún temen reconocer los americanos. Pragmáticos, esconden esta convicción tras la falta de recuperación económica, razón bastante para preferir a Romney.

Si gana Obama, a pesar de los sabios contrapesos del sistema americano, un Occidente huérfano y debilitado se precipitará en la confusión y no tardará en reimplantar arcaísmos intervencionistas fallidos. Si pierde, habrá caído uno de los últimos vestigios del socialismo. Que así sea.

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