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José García Domínguez

“Pídeme 50.000 millones, José Luis”

Acaso lo más terrible del libro de Zapatero, a saber, que en verdad lo ha escrito él, sin negros de por medio.

"El Fondo Monetario Internacional desempeña un papel de la máxima relevancia en el orden monetario internacional". Inconfundiblemente suya, esa frase gloriosa, que figura en la página 121 de El dilema, revela acaso lo más terrible del libro de Zapatero, a saber, que en verdad lo ha escrito él, sin negros de por medio. Certeza que viene a ratificar aquella audacia suya tan temeraria, tan inconsciente, tan ajena al más elemental sentido del ridículo. España, país viejo, ha tenido a lo largo de su historia políticos dados a la letra impresa. Piénsese en un Cánovas, un Castelar, un Pi i Margall, un Canalejas, un Martínez de la Rosa, un Joaquín Costa, un Manuel Azaña. Hombres, todos ellos, que hubieran preferido los rigores de una celda de la Inquisición antes de poner su firma bajo un enunciado del tipo "la generación mejor formada de nuestra historia se hallaba en un laberinto inédito para recuperar el futuro".

¡Un laberinto inédito! No deja de tener delito que la Ley Fernández castigue las ofensas a España y, al tiempo, mantenga impunes semejantes atentados contra la lengua de Cervantes. Más allá, en fin, del calvario estético, los veintiún euros que cuesta el ejemplar se justifican por el par de secretos a voces revelados en apenas dos páginas. El uno, la reproducción de la célebre carta confidencial de Trichet. Farragosa nota con remite en Frankfurt que se podría haber resumido en una sola línea de texto. A saber: "Quedan derogados los artículos primero y segundo de la llamada Constitución española". El otro, la malévola cuantificación del monto del "rescate" que en su día le ofreciera Merkel. Cincuenta mil millones, suma ínfima si su objetivo real fuese reflotar al Estado, pero muy sospechosamente similar a la que el Gobierno del PP acabaría aceptando con destino al sistema financiero.

Y es que tanta insistencia, tanto afán filantrópico por parte de Berlín, tanto desprendimiento altruista a la hora de ofrecernos dinero cuesta un poco de entender. Salvo que se repare, claro, en que la idea era –y es– que los contribuyentes españoles rescataran a los financieros alemanes, no al revés, como se contó luego a la opinión pública. ¿Por qué el accionista o el titular de participaciones preferentes español hubo de sufrir quebrantos si una entidad financiera entraba en quiebra, pero no así el banco alemán que compró alegremente sus cédulas hipotecarias? Pues porque Merkel solo cree en el libre mercado cuando los que salen perdiendo son otros. Esa pesada losa, los 50.000 millones, no era para que nos rescatasen a nosotros, sino para que nosotros los rescatásemos a ellos. El resto del libro, humo. Ya se sabe, la especialidad de la casa.

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