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Pablo Molina

Hackear a Sánchez

El hackeo del móvil de Sánchez huele a 'navajita plateá', aquella arma de destrucción ínfima enviada a una ministra desconocida que el sanchismo convirtió en prueba definitiva de la amenaza fascista.

El hackeo del móvil de Sánchez huele a 'navajita plateá', aquella arma de destrucción ínfima enviada a una ministra desconocida que el sanchismo convirtió en prueba definitiva de la amenaza fascista.
Félix Bolaños y Pedro Sánchez, en el Congreso de los Diputados. | Europa Press

La prueba de que vivimos en un mundo donde el espionaje cibernético está generalizado es que hay organizaciones que dedican dinero, tecnología y esfuerzos a entrar en el móvil de Pedro Sánchez. Y en el de Margarita Robles, aunque en el parte de bajas ofrecido por el ministro Bolaños quedó perfectamente claro que a ella le robaron pocos datos y al jefe un porrón; que nadie se confunda sobre quién de los dos es el objetivo más apetecible de los ciberdelincuentes.

Lo de dar una rueda de prensa en festivo para anunciar a todo el mundo que nuestros sistemas de seguridad son una piltrafa es otra idea gorda de la banda de Sánchez, que de forma involuntaria certificó que nuestros servicios de contraespionaje están al nivel del Gobierno que los dirige. Pero ¿qué se proponía Sánchez al mandar a Bolaños a esa descerebrada rueda de prensa? Si pretendía dar miedo, lo que consiguió es ofrecer una imagen penosa que movería a la compasión si no lleváramos tres años sufriendo a estos personajes. Sus enjuagues con los separatistas le exigen varias genuflexiones semanales, y esta puede que sea tan solo una más de las muchas con las que intenta comprar otro mes en el poder.

El hackeo del móvil de Sánchez huele a navajita plateá, aquella arma de destrucción ínfima enviada a una ministra desconocida que el sanchismo convirtió en la prueba definitiva de la amenaza fascista. Al día siguiente se descubrió que el envío había sido cosa de un enfermo mental y el asunto fue archivado en la abultada carpeta de las idioteces socialpodemitas, pero de lo que no cupo la menor duda es de la falta de escrúpulos de Sánchez y la mala fe de sus secuaces.

Hackear a Sánchez tiene el problema de que luego el tío va y lo cuenta, como Luis Miguel Dominguín cuando yació con Ava Gadner, aunque el gran torero tenía muchos mejores motivos para comentar los pormenores del asunto que el pobre Sánchez y su teléfono móvil. Las potencias internacionales saben que no pueden contar con el Gobierno de España, dirigido por un advenedizo e infiltrado por comunistas, cosa asombrosa en el orden mundial. Ahora también saben que no pueden hablar de nada importante en su presencia, de manera que cuando se acerque a algún corrillo de los que surgen en las cumbres de la UE o de la OTAN los presentes se pondrán a silbar mirando hacia el techo. Él silbará también, como todos los demás.

Que acabe esta legislatura ya.

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