Menú

El laberinto de los espías

Si seguimos tirando de la cuerda electrónica, al final, puede que se cumpla la paradoja de Chesterton: el jefe de la Policía era el cabecilla de la célula anarquista.

Si seguimos tirando de la cuerda electrónica, al final, puede que se cumpla la paradoja de Chesterton: el jefe de la Policía era el cabecilla de la célula anarquista.
El ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, y la consellera de la Presidencia, Laura Vilagrà, posan en el ámbito de su reunión este domingo en Barcelona, en un momento de turbulencias en las relaciones entre el Gobierno y la Generalitat a raíz de la denuncia de espionaje a independentistas. EFE/ Toni Albir | EFE

Desde el mítico de Creta, el laberinto ha sido, siempre, un diseño arquitectónico para entretener a los invitados de palacio. El propósito se cumple, ahora, simbólicamente, con el enredo de los teléfonos jaqueados de los mandamases españoles y, acaso, de otros países. En España, el suceso de intromisión telefónica ha afectado, sobre todo, al presidente del Gobierno; adquiere tonos jocosos. Ha saltado, como maniobra de distracción, para compensar el espionaje telefónico de los indepes (separatistas) catalanes.

Si seguimos tirando de la cuerda electrónica, al final, puede que se cumpla la paradoja de Chesterton: el jefe de la Policía era el cabecilla de la célula anarquista. Tal lucubración literaria tendría visos de realidad, si se cumpliera la especulación de que los archivos de todos los datos de los teléfonos intervenidos reposan en algún recóndito local. Es algo coherente con el hecho de que los documentos del programa Pegasus de intromisión telefónica se originan en una empresa israelí. En nombre de la ciencia, protéjanse tales almacenes internéticos. Los historiadores futuros lo agradecerán. Habría sido impagable que, hoy, se pudiera disponer de las conversaciones que sostuvieron los conjurados de Catilina contra César. Quien, por cierto, se llamaba Gayo, y hacía honor a su nombre.

Despojado de sus florituras literarias, el asunto de los "pinchazos" telefónicos nos lleva a colegir una escandalosa incompetencia por parte de los que mandan en España. En otros tiempos, el equivalente de la revelación de los teléfonos intervenidos habría sido causa de la pena de ostracismo para el presidente del Gobierno. Hoy, bastaría con su dimisión irrevocable. No obstante, ninguna de esas figuras tiene vigencia en los tiempos que vuelan. Vistos los resultados, la suscripción del Gobierno español al programa Pegasus se acerca a la figura de la malversación de caudales públicos. Cabe una interpretación menos dramática; cómica, incluso. El sorprendente descubrimiento de que el presidente del Gobierno ha sido jaqueado sirve para olvidarse de que los indepes catalanes han pasado por el mismo quebranto. Ya se sabe, mal de muchos es consuelo de todos (o de tontos). En cuyo caso, una vez más, habría que descubrirse ante la maquiavélica astucia de nuestro amado Presidente del Gobierno. Es una interpretación que viene muy bien para los fieles súbditos, que tan felices nos sentimos con la subida de los impuestos. Gracias a los cuales se pueden financiar con holgura las benéficas acciones del Estado de bienestar. Entre ellas se encuentra el Centro Nacional de Inteligencia; si bien se mira, nos hemos percatado de que no es ninguna de las tres cosas.

Caben varias salidas interpretativas del laberinto de los teléfonos pinchados. Podría ser una especie de rebelión del Centro Nacional de Inteligencia, al pinchar tanto los teléfonos de los indepes catalanes como los del Gobierno y, acaso, el del Rey. Suena un tanto fantasioso, pero justificaría que los espías del Centro Nacional de Inteligencia fueran castigados como víctimas propiciatorias del desaguisado.

Otra interpretación es que el doctor Sánchez mintió al aducir que, también, él había sido espiado. Tratándose de un mentiroso compulsivo, tal explicación suena coherente. Un tercer razonamiento es que todo ha sido urdido por el Rey de Marruecos como una especie de chantaje para lograr el sorprendente apoyo del presidente del Gobierno español a su plan de anexión del Sahara occidental.

Las tres posibles explicaciones son sobremanera presuntuosas, pero, sin ellas, el laberinto de los teléfonos pinchados no parece tener salida. En uno u otro caso, la lógica política conduce a la necesaria dimisión de Sánchez. Peor fue lo de Witiza.

Temas

En España

    Servicios

    • Radarbot
    • Curso
    • Inversión
    • Securitas
    • Buena Vida