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Cristina Losada

Los "deplorables" de Italia

Cuando las izquierdas se ponen trágicas por que llegue a primera ministra alguien como Meloni, deberían mirarse a sí mismas para entender el motivo.

Cuando las izquierdas se ponen trágicas por que llegue a primera ministra alguien como Meloni, deberían mirarse a sí mismas para entender el motivo.
Pablo Echenique. | EFE

Hace seis años, en el mes de septiembre, la candidata del partido Demócrata a las presidenciales, Hillary Clinton, en un encuentro para recaudar fondos de campaña en la ciudad de Nueva York, se permitió el lujo de decir lo que pensaba sobre los partidarios de su rival, Donald Trump. Dijo, ni más ni menos, que la mitad de ellos pertenecían a lo que llamó "el cesto de los deplorables", y que esas criaturas, a todas luces despreciables a ojos de la dama, se caracterizaban por ser "racistas, sexistas, homófobas, xenófobas, islamófobas y todo lo demás". Es probable que a los seguidores de Hillary no les parecieran fuera de lugar aquellas palabras. Expresaban, seguramente, lo que muchos pensaban también. Clinton se arrepintió después, pero aquel desprecio en voz alta al electorado iba a pasar a la historia de los errores políticos. En una democracia, al menos en una como la estadounidense, eso no se puede hacer y si se hace, tiene consecuencias.

La hiperventilada reacción de la izquierda española a la victoria de Giorgia Meloni en las elecciones italianas ha estado a punto de cruzar la línea roja que traspasó Clinton hace seis años. La plana mayor de Unidas Podemos, en sus mensajes tuiteros sobre el resultado electoral, ha quedado al borde mismo de la descalificación de los votantes italianos que han dado a la líder de Fratelli d’Italia prácticamente el cargo de primera ministra. Se han detenido antes de dar el último paso, pero el tema del desprecio es la cuestión de fondo. Y revela lo que no entienden ni la izquierda podemita ni la otra.

En Italia, las clases populares han votado por Meloni, como en Francia votaron por Le Pen y como votaron en Estados Unidos, en aquel 2016, por Trump. Por contra, las clases acomodadas, los pijos de ciudad, podríamos decir, votaron por Letta, el equivalente a un socialdemócrata. Esta divisoria de clase, esta nueva lucha de clases, se manifiesta en las elecciones, pero se forja en el día a día. Se forja, especialmente, en contra de unas agendas políticas ajenas a los problemas de las clases populares y contrarias a su mentalidad. Algunas son comunes a la izquierda y a la derecha convencionales: para entendernos, tanto a los Sánchez como a las Von der Leyen. Otras son juguetitos propios de izquierdismos infantiles como el podemita. Pero todas se caracterizan por su elitismo, su esnobismo, su obsesión por adoctrinar y su desprecio infinito a la gente que está fuera de su burbuja.

Cuando las izquierdas se ponen trágicas por que llegue a primera ministra alguien como Meloni deberían mirarse a sí mismas para entender el motivo de que los estratos sociales que las votaban, hace décadas, ahora se identifiquen con quienes están en el campo opuesto. Es improbable que les interese hacer tal cosa a los que se rasgan las vestiduras por lo de Italia aquí en España. En realidad, no saben casi nada de la política italiana ni de los Fratelli, que van a gobernar con dos veteranos en esas lides, como Berlusconi y Salvini, nulla di nuovo sotto il sole. Pero gritan "¡que viene el fascismo!" porque es lo que les queda, el último recurso para tratar de seguir ahí, invocando al espectro, resucitando una y otra vez a un fascismo que, de hacerles caso, nunca fue derrotado ni lo será, por la sencilla razón de que lo necesitan siempre ahí, como espantajo contra el que movilizar el voto. Italia les importa un pimiento. Están pensando en nuestras próximas elecciones.

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