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Ley Trans, posmodernidad y posliberalismo

Las raíces de la ley Trans están en la Modernidad cartesiana, que absolutiza y diviniza el Yo individual sin ningún tipo de límite ni contrapeso.

Las raíces de la ley Trans están en la Modernidad cartesiana, que absolutiza y diviniza el Yo individual sin ningún tipo de límite ni contrapeso.
La ministra de Igualdad, Irene Montero | Europa Press

El error garrafal de la Ley Trans reside en el blindaje de la subjetividad frente a cualquier mecanismo de refutación. La idea es que los valores son subjetivos siempre, por lo que la arbitrariedad y el capricho son incontestables. Un error de cierta Modernidad y algún liberalismo.

Se considera en la Ley de Irene Montero que no es necesario ningún control por parte de psiquiatras sobre las reivindicaciones de que alguien se siente de un sexo diferente al "biológico". Se interpreta que no hay que patologizar las identidades "trans", aunque lo que están reclamando los psiquiatras es algo muy diferente: que tras algunas reivindicaciones "trans" lo que hay en realidad son patologías mentales subyacentes. Y que solo desde la autoridad científica colegiada se puede distinguir entre auténticas personas "trans" de aquellas que sencillamente están confusas sobre aspectos de su identidad o, más dramáticamente, parásitos que pretenden aprovecharse de la confusión en el deporte, las cárceles o los privilegios políticos de cuotas laborales y discriminación positiva.

Pero no es posible desmontar esta fundamentación subjetivista si no comprendemos las raíces filosóficas en las que se asienta. Aunque el paradigma es el de la posmodernidad, que sustituye la racionalidad por el sentimentalismo y la justificación de las creencias por la victimización de la identidad, sus raíces están en la Modernidad cartesiana que absolutiza y diviniza el Yo individual sin ningún tipo de límite ni contrapeso. Dado que el Yo se dota a sí mismo tanto de contenido como de mecanismos de verificación, no cabe ninguna forma de control y balance del mismo ajena a ese Yo ensimismado y narcisista, de modo que tan válida es la autoconciencia de alguien lúcido como de un esquizofrénico.

Otra fuente de la Modernidad para la subjetivización extrema es lo que Steven Pinker denomina "el mito de la tabla rasa", una tesis empirista acerca de cómo se adquiere el conocimiento que postula que, al nacer, todos somos como un papel en blanco sobre el que la experiencia y la sociedad van a escribir lo que somos, nuestra identidad, nuestros sentimientos, nuestros pensamientos… Por decirlo en la jerga posmoderna actual, no somos sino un "constructo social", determinados por nuestro entorno político en primer lugar y, a partir de un determinado momento, por lo que dicta nuestra subjetividad por muy delirante que sea.

A esta subjetivización extrema ha contribuido una rama del neoliberalismo, aquella metodología positivista y posliberal de la Escuela de Chicago que propone un modelo simplista y reduccionista del ser humano convertido en una marioneta denominada "homo economicus". Según su líder, Milton Friedman, da igual lo realista que sea el modelo económico respecto a los seres humanos, lo que importa es que funcione a la hora de planificar y promover medidas sociales. Pero para que funcione, dicho modelo debe convertir a los seres humanos de carne y hueso en justamente el modelo simplista que plantea, ese "hombre económico": un ente de pasiones simples y conducta únicamente regida por principios económicos básicos, sin complejidades morales, religiosas, culturales o sociales porque entonces el modelo teórico colapsaría. Amarrado a este lecho de Procusto, el ser humano reconvertido en un "homo economicus" no es más que un agente consumista a mayor gloria de las empresas que pueden manejarlo a su antojo haciéndole creer que hace lo que quiere cuando quiere lo que, a través de la publicidad y los medios de comunicación, le inducen a querer sin ningún atisbo de (auto)crítica. En este contexto, es de crucial importancia para los "Chicago Boys" deslegitimar cualquier intento de objetividad de los valores, de los gustos y de los sentimientos, basada en la racionalidad en lugar de la sentimentalidad, apoyándose en una publicidad que tiene mucho de propaganda y lavado de cerebro. Para Gary Becker no cabe discutir sobre la formación, la diferenciación y los cambios de los gustos de los ciudadanos modelizados como si fueran simplemente consumidores. Como llamaron Becker y Stigler a uno de sus artículos, De gustibus non est disputandum (The American Economic Review, vol. 67, nº2), ignorando las toneladas de reflexiones que sobre la calidad de los gustos se han escrito, de Aristóteles a David Hume.

De aquel artículo la actual imposibilidad legislativa de poner en cuestión los gustos sobre su género de los que se plantean que son personas trans. Por otro lado, la ideología de la Escuela de Chicago está orientada hacia una concepción humanista muy estrecha y simplista que ve al ser humano como un "empresario de sí mismo", por lo que resulta al mismo tiempo emprendedor y cliente. ¡Y el cliente siempre tiene razón! Por lo que aislado en su burbuja subjetivista no solo se pretende omnipotente respecto de sí, sino que se ofende ante cualquier crítica, por muy respetable y fundada que esté, porque lo considera un ataque a su sacrosanta voluntad no analizable por los demás.

Frente a la Escuela de Chicago, y su extrema subjetivización y falta de (auto)crítica de los individuos y las instituciones, se encuentra el liberalismo de la racionalidad crítica de Ludwig von Mises y Friedrich Hayek. Para Mises, la economía "se ocupa de las acciones reales de hombres reales, no de hombres ideales o perfectos, y todavía menos del fantasma de un mitológico ‘homo economicus’. El objeto de la economía es el hombre con todas sus limitaciones y debilidades". También Hayek insiste en un modelo complejo del ser humano que sea consciente de sus limitaciones cognoscitivas y sus barreras sentimentales. De esta humildad epistemológica se seguiría en la praxis la necesidad para casos límites de personas que se consideran trans de contar con el concurso de especialistas, siguiendo los principios de la profesionalidad y la prudencia, que lo acompañasen en el camino difícil, complicado e irreversible del cambio sexual. Hayek subrayaba la relativa ignorancia de los individuos respecto a sus propias motivaciones, deseos y conocimiento, por lo que la (auto)consciencia es un compendio de flujos de sentimientos y creencias de las que nunca se está seguro de si son auténticas, perdurables y fundamentadas. A este "imperfectismo" de Mises-Hayek le correspondería respecto a una ley Trans un tratamiento mucho más responsable y serio para proteger a los niños y adolescentes, los más vulnerables y a los que se les puede hacer más daño. El resto es frivolidad, simplismo e irresponsabilidad.

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