Menú

El feminismo ha muerto. ¡Viva el mulierismo!

La deriva del feminismo lo ha convertido en su propia antítesis: un movimiento que infantiliza a las mujeres y las convierte en clientela electoral de un Estado paternalista.

La deriva del feminismo lo ha convertido en su propia antítesis: un movimiento que infantiliza a las mujeres y las convierte en clientela electoral de un Estado paternalista.
Manifestación en Barcelona por el 8M, bajo el lema: ¡Se ha acabado! ¡Nos queremos vivas! | EFE/Quique García

Es una paradoja –desde Hannah Arendt a Carmen Martín Gaite pasando por Ayn Rand– que las mujeres más feministas son las que declaran que no son feministas.

Arendt, Rand y Martín Gaite eran mujeres que pensaban por ellas mismas en cuanto individuos, no como sectarias seguidoras de unas iluminadas que, como Simone de Beauvoir, tratan de decirle a las mujeres cómo hablar, comportarse y pensar.

Creo que hay que reivindicar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres ya que sigue habiendo ámbitos de discriminación y misoginia, no digamos en países fuera de Occidente, pero el término "feminismo" ha sido capturado por la izquierda hegemónica hasta convertirse en lo contrario de lo que pretendía. Ser feminista de izquierda es hoy una forma de machismo inverso, que trata a las mujeres como una mezcla entre discapacitadas y menores de edad mental que necesitan de la guía del Estado, convertido en un patriarca burocrático.

Por eso propongo recuperar la igualdad liberal entre hombres y mujeres desde un nuevo término: mulierismo. Del latín mulier (mujer), el mulierismo sería la defensa de la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres desde el reconocimiento de la dignidad individual, sin tutelas estatales ni identitarismos de grupo. El feminismo liberal (o "equity feminism" en inglés, popularizado por autoras como Christina Hoff Sommers) se presenta como una vuelta al feminismo clásico (sufragista, de igualdad ante la ley) frente al feminismo de tercera/ cuarta ola o "de género" que se ha apropiado de la bandera y el término feminista, hoy mismo rechazado por gran parte de las mujeres occidentales por su secuestro por feministas de izquierdas al estilo de la socialista Carmen Calvo que declaró que el feminismo no es de todos ni de todas sino exclusivo de los socialistas como ella, escupiéndole a las demás feministas con el macarra y condescendiente "No es de todas, bonita".

La republicanista Hannah Arendt fue contundente al respecto. Cuando se le preguntaba por su relación con el movimiento feminista, respondía con firmeza que no pertenecía a ningún círculo y que los movimientos de ese tipo eran ajenos a su forma de pensar. En una entrevista de 1972, declaró: "No pertenezco a ninguna tribu. Pertenezco a la única tradición de la filosofía política alemana". Para Arendt, la identidad de género era secundaria frente a la condición humana universal enlazando con el pensamiento ilustrado y el universalismo antropológico y ético. Rechazaba que se la encasillara como "pensadora feminista" porque consideraba que tal etiqueta reducía su pensamiento a una categoría sectaria, cuando ella aspiraba a reflexionar sobre la condición humana en su totalidad.

La libertaria Ayn Rand fue igualmente explícita en su rechazo al feminismo organizado. En una entrevista radiofónica declaró sin ambages: "Estoy en contra del movimiento de liberación de la mujer porque promueve una ideología colectivista". Para Rand, el feminismo había dejado de ser una defensa de los derechos individuales de las mujeres para convertirse en un movimiento tribal que exigía privilegios especiales basados en el género. Consideraba que el feminismo moderno traicionaba el principio fundamental de que los individuos deben ser juzgados por sus méritos, no por su pertenencia a un grupo. En su ensayo La era de la envidia, escribió que el feminismo se había convertido en una forma de resentimiento colectivo que pedía sacrificios a otros en lugar de promover la excelencia individual.

Carmen Martín Gaite, más sutil pero no menos clara, expresó su incomodidad con las etiquetas en múltiples ocasiones. En una entrevista en el programa A Fondo de Soler Serrano afirmó: "No me gusta militar en nada, y por tanto tampoco en el feminismo militante". Subrayo yo lo de "militante". Para la escritora salmantina, el problema del feminismo institucionalizado era su tendencia a establecer dogmas sobre cómo debía ser y pensar una mujer. Martín Gaite defendía la libertad individual de cada mujer para construir su propia identidad sin someterse a los dictados de ningún movimiento. En su obra Usos amorosos de la posguerra española dejó claro que su interés estaba en explorar la experiencia femenina en su complejidad, no en reducirla a consignas políticas.

Doris Lessing, premio Nobel de Literatura, fue otra intelectual que rechazó frontalmente el feminismo contemporáneo. Declaró que lo que las feministas quieren es crear una sociedad totalitaria donde los hombres sean el enemigo. Lessing, que había vivido la lucha por los derechos de la mujer en contextos reales de opresión, consideraba que el feminismo occidental se había convertido en un movimiento de odio que caricaturizaba tanto a hombres como a mujeres. Con su bravura característica sentenció en 2001:

"Es hora de que empecemos a preguntar quiénes son estas mujeres que continuamente denigran a los hombres. La mujer más estúpida, inculta y desagradable puede denigrar al hombre más amable, bondadoso e inteligente y nadie protesta (...) Los hombres parecen tan acobardados que no pueden contraatacar, y ya es hora de que lo hagan."

El testigo de Lessing lo recogió Camille Paglia, historiadora del arte y crítica cultural, una de los iconos más mordaces contra el feminismo institucional: "El feminismo actual enseña a las mujeres a verse como víctimas perpetuas". Para Paglia, el feminismo de tercera ola ha infantilizado a las mujeres al presentarlas como seres frágiles incapaces de navegar el mundo sin protección constante de las instituciones. En la misma senda, Germaine Greer, una de los iconos del feminismo de los años setenta, ha criticado duramente las derivas actuales del movimiento, señalando que el feminismo se ha convertido en una ortodoxia que no tolera el disenso y que ha perdido contacto con las preocupaciones reales de las mujeres ordinarias.

La mujer que rompió definitivamente el "techo de cristal" en política, Margaret Thatcher, la Dama de Hierro británica, nunca se identificó con el feminismo y declaró en múltiples ocasiones que "las mujeres no necesitan que les digan que son especiales o que merecen trato preferencial, sino la oportunidad de demostrar lo que valen". Su rechazo al victimismo feminista era absoluto. Como lo había sido el de Clara Campoamor, la antecesora de Thatcher en España que consiguió, contra feministas de izquierda como Victoria Kent y Margarita Nelken que se oponían. Aquella diputada liberal que defendió el sufragio femenino frente a la oposición de las propias mujeres de la izquierda, que luego trataron de vengarse de ella, representaba un feminismo universalista que confiaba en la capacidad de las mujeres para ejercer como ciudadanas plenas. Su feminismo era el de la igualdad ante la ley y la confianza en la racionalidad femenina. Hoy, ante la deriva kentiana y nelkeniana del feminismo, se hubiese declarado mulierista.

El contraste con el feminismo actual, una suerte de hembrismo ideológico y de parasitismo social, es dramático. Donde Campoamor pedía igualdad de derechos y responsabilidades, el feminismo socialista de Estado exige cuotas, protecciones especiales y una legislación tutelar que presume que las mujeres no pueden competir en igualdad de condiciones. Donde Campoamor confiaba en el juicio de las mujeres, el feminismo institucional les dice qué pensar sobre el matrimonio, la maternidad, el trabajo y hasta el sexo. Este feminismo sectario se filtra en las aulas a través de activistas educadoras que hacen leer panfletos como "El diario violeta de Carlota".

Esta deriva ha convertido al feminismo en su propia antítesis: un movimiento que, en nombre de la emancipación femenina, infantiliza a las mujeres y las convierte en clientela electoral de un Estado paternalista. Es, como señalaba Rand, una forma de colectivismo que disfraza de progreso lo que en realidad es un retroceso hacia la tutela.

Por el contrario, el mulierismo que propongo recupera la tradición del sufragismo liberal y la igualdad de derechos sin victimismos ni sectarismos y que permite definir desde cero lo que debió ser siempre la defensa de la dignidad de la mujer:

  • Igualdad ante la ley, sin cuotas ni discriminación positiva

  • Confianza en la capacidad individual de cada mujer, no infantilización colectiva.

  • Rechazo del Estado paternalista que tutela y controla, vigila y castiga.

  • Dignidad basada en el mérito, no en la pertenencia a un grupo.

  • Libertad para elegir maternidad, carrera, y vida personal sin dogmas impuestos.

Las mujeres que más han contribuido al avance de las mujeres –en la filosofía, la literatura, la ciencia, el pensamiento– lo han hecho precisamente porque rechazaron las limitaciones de cualquier identidad sectaria. Pensaron y crearon como individuos libres, no como comisarias de una ortodoxia. Por supuesto, jamás se habrían liado a machetazos con la Venus de Velázquez sino que hubiesen tratado de realizar una obra de arte a la altura del genio español. El vandalismo feminista de la sufragista iconoclasta inglesa es un símbolo de un feminismo que ha de ser combatido como una ideología tóxica al lado del fascismo y el comunismo, y que tuvo en la española Aurora Rodríguez su manifestación simbólica y, por desgracia, criminal más sucia. El legado de las mulieristas es el verdadero camino hacia la igualdad, en cuanto que confía en la capacidad de cada mujer para decidir su propio destino sin necesidad de tutores, sean estos hombres patriarcales o feministas sectarias.

El feminismo ha muerto. ¡Viva el mulierismo!

Temas