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Carmelo Jordá

Yolanda es un tostón

La gran esperanza roja, de blanco impoluto, ha vuelto a demostrar sus carencias, que son tantas que ella misma es una nada bien peinada.

La gran esperanza roja, de blanco impoluto, ha vuelto a demostrar sus carencias, que son tantas que ella misma es una nada bien peinada.
Yolanda Díaz y Félix Bolaños, en el Congreso durante el debate de la moción de censura a Sánchez. | EFE

Finalmente, el discurso mal leído de Tamames no ha sido tan terrible como se podía esperar y anunciaban las filtraciones, e incluso ha estado razonablemente bien en su réplica a Sánchez. Sin embargo, aún a pesar de eso, por la tarde ha sonado el reloj marcando la fatídica hora y el candidato ha vuelto a ser lo que era antes de la fiesta y el oropel: un señor muy anciano que ya no podía más y cuyo rostro reflejaba un cansancio descomunal.

La cosa no pasaría de anécdota si no fuese porque es obvio que esas limitaciones físicas han impedido lo que se supone que tenía que ser esta moción: un debate de ideas, propuestas y análisis, pero Tamames ha sido incapaz de dar las réplicas más allá de algún gesto costoso.

Por lo demás, en la primera jornada de la moción todo ha corrido por unos cauces razonablemente previsibles en los que, al menos en mi opinión, todos han ido a aprovecharse tan descaradamente de la cosa que nadie le va a sacar mucho partido. En este sentido, y al menos de momento, también tengo que decir que la cosa ha sido menos dramática para Vox de lo que parecía. También es verdad que aquí, al contrario de lo que les ocurrió en Andalucía, les ha beneficiado que las expectativas fuesen muy bajas.

Pero no nos engañemos: que no haya sido un desastre tampoco quiere decir que haya sido el acierto del siglo, tal y como prometían los portavoces y los voceros del partido, sometido a unas semanas de desgaste muy duro a cambio, en el mejor de los casos, de nada.

Dicho lo anterior, lo más destacable para mí ha sido el tostón de más de una hora que Yolanda Díaz ha sacudido a sus señorías y a los que no teníamos más remedio que seguir la sesión parlamentaria. Y es que la gran esperanza roja, de blanco impoluto, ha vuelto a demostrar sus carencias, que son tantas que ella misma es una nada bien peinada.

La vicepresidenta tercera ha cometido un error que hoy en día suelen cometer mucho los políticos: pensar que cuanto más tiempo de debate ocupen es mejor para ellos. El mismo Sánchez lo ha hecho otras veces y también este martes, sumando casi tres horas de intervenciones completamente inútiles, más allá de satisfacer el propio e inmenso ego.

También a Díaz han debido de convencerla de que es superguay, hace cosas chulísimas y sabe de todo, pero lo cierto es que si ya le cuesta llenar de contenido e hilar correctamente un par de frases, imaginen una hora y pico de discurso: ha sido demasiado para ella, para sus señorías y para el mismísimo santo Job, que si llega a estar este martes en el Congreso le pide a Dios que le quite esa tortura y que a cambio le devuelva las llagas.

La operación de Moncloa no puede ser más evidente y a partir de ahora los esfuerzos por presentarnos a Yolanda Díaz como si fuese una mezcla entre Golda Meir y la reina de Inglaterra van a ser ímprobos y la de Sumar va a tener más focos que un concierto de Pink Floyd. Lástima, o no, que si no me equivoco el resultado será el que ya conocemos: no hace tanto lo intentaron con Errejón y ahí tienen el éxito sin par de Más País: dos escaños que lucen como dos soles y unas encuestas que no remontan ni aunque Podemos se la pegue. Algún día tendremos que preguntarnos por qué al PSOE y a los periodistas les gusta tanto la nada. Una nada, además, aburridísima.

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