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Pedro de Tena

El estómago ciudadano y el voto

¿Cuánta cantidad de porquería moral es capaz de deglutir el ciudadano español sin que el asco o el rechazo implique por fin el cambio de su voto?

¿Cuánta cantidad de porquería moral es capaz de deglutir el ciudadano español sin que el asco o el rechazo implique por fin el cambio de su voto?
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), a su llegada a la segunda y última jornada del debate de la moción de censura que impulsa Vox, con Ramón Tamames. | EFE

Decía el famoso Galeno que la Naturaleza merece ser elogiada por haber dado a luz al hombre, entre otros animales, al que "preparó una boca, un esófago y un estómago como órganos de alimentación" y al que además, dotó de sabiduría instintiva acerca de cómo usarlo. De este modo, cada animal se dirige al alimento que le es adecuado y no a otros, que lo dañan. Finalmente, transmite a sus demás órganos la energía que digiere y desecha lo inservible. Este tráfico, tan evidente, saludable e inevitable, se altera para mal cuando de lo que hablamos es del estómago ciudadano, metáfora que, tras recibir durante años nutrición informativa, debe aprovechar y digerir los datos recibidos para decidir su voto.

Pero el estómago de la imagen, no es el estomago de la realidad vital aunque, ya se sabe, algunos puedan ir contra Natura lastimándose voluntariamente. Y no lo es porque se trata de ciudadanos y de sus libertades. Ese inmenso don de poder decidir en conciencia y sin otro condicionante que la preferencia por lo que nos conviene, algo propio de las democracias a pesar de sus imperfecciones, es obstaculizado de muchas maneras. Una de ellas, es la propia ceguera que impide diferenciar lo que nos beneficia de lo que nos perjudica. Tal vez por ello, en el estómago natural hay una parte que se llama precisamente "ciego", que es la parte del intestino grueso donde se digiere todo, hasta lo más difícil y pernicioso.

Por ello, y desechando sus derivaciones posibles, decimos que hay personas que tienen un estómago resistente, que lo digiere todo, incluso lo que no le sienta bien. Metafóricamente, el estómago civil también puede tener la capacidad de asimilar cualquier cosa, incluso lo que le repugna o debiera asquearle. Es un proceso continuado de insensibilización que permite desempachar lo que nos debe producir un empacho. Paul Johnson, recientemente desaparecido, reflexionaba que había personas que aun sabiendo que la colectivización es imposible sin el terror, tenían estómago para defenderlo y consumarlo. Otros, como Putin, invaden. Otros… En fin.

Viene todo esto a cuento del estómago ciudadano español, que debe ser el más resistente de Europa. Fíjense en la reforma de las pensiones francesas, un jarabe melifluo en comparación con la consumada sobre las españolas. Y la que se ha liado, en las calles y en la Asamblea. O reparen en Israel. Un intento de socavar la independencia del poder judicial ha desembocado en una manifestación de 600.000 personas que, en porcentaje ponderado según población, equivale a una manifestación de 5 millones de personas en España. ¿Cuánta cantidad o grado de porquería moral es capaz de deglutir el ciudadano español sin que el asco o el rechazo implique por fin el cambio de su voto? Pues parece que mucho, incluso que casi todo.

Ni a izquierda ni a derecha parece que los hechos básicos, los datos ciertos, escándalos o incumplimientos o malas voluntades, se llaman así porque asquean o deben asquear a todo estómago demócrata. Pero nada. Ya nos demostró el tan admirado ahora George Orwell que se podía tener estómago hasta para destruir la Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona sin sentir un poco de gastritis. "Creo que los anarquistas demostraron mal gusto al no dinamitarla cuando tuvieron oportunidad de hacerlo, en lugar de limitarse a colgar un estandarte rojinegro entre sus agujas", eso dijo en su Homenaje a Cataluña. El estómago de los etarras no sintió ni siente una punzada de dolor ante el genocidio perpetrado contra españoles. De la corrupción, desde el oro de Moscú al tesoro del Vita pasando por lo vivido desde 1982, no hablamos. Del presente terrible, callamos. Ahora, Castilla la Mancha. En su descargo hay que decir que en la izquierda se carece de jugos democráticos homologados.

En las derechas, su apatía ante la ausencia de libertades durante 40 años, su conformidad con desigualdades sociales evitables con una brizna de generosidad, su cainismo político insufrible (lo de Casado con Abascal, con Ayuso, por hablar de algo reciente, fue para estómagos rocosos), su repugnancia a admitir su relación con el franquismo (que durante el gobierno Aznar se iniciara la revisión de la memoria histórica condenando al vencedor de la Guerra Civil a la que abocaron tantos es de nota), la anestesia cultural que insensibiliza para la defensa de los valores democráticos y su propensión al sectarismo de camarilla o a la indiferencia ante la corrupción propia que se esconde tras el control de la Justicia compartido con las izquierdas, es insufrible, con excepciones.

Lo normal sería que, con todo lo que ha ocurrido desde 1976, se hubiera producido una catarsis colectiva de tamaño super XXL y que el voto se hubiera alterado de manera esencial para el saneamiento de la democracia y la autodefensa civil ante los tiranos, sátrapas y bandoleros. Pero no. La porquería se digiere porque los estómagos políticos de los ciudadanos españoles son de un nuevo material más resistente que el hierro que se conoce por el nombre de "igual da". Sólo lo que ha pasado desde 2019, tiene la suficiente acidez política para ulcerar a un gobierno. Pero, ¿dónde están los espíritus valientes, los que no callan aunque con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avisen o amenacen miedo? No sabemos, no contestamos, igual da.

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