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Miguel del Pino

No me gusta el polvo de grillo

El ecologismo ultra europeo evoluciona desde el veganismo estricto hasta el polvo de grillo diferentemente sazonado. Yo desde luego me niego.

El ecologismo ultra europeo evoluciona desde el veganismo estricto hasta el polvo de grillo diferentemente sazonado. Yo desde luego me niego.
Carrefour

Tras las bromas a que se prestan las exageraciones referentes a la alimentación humana que se presentan como soluciones a las hambrunas de la humanidad del futuro, se esconde algo muy serio: el olvido de la importancia del sector primario en la política de los llamados "verdes".

Hace días tuve ocasión de escuchar, disimulando mi presencia al infiltrarme en un grupo de adolescentes, cómo un monitor, que impartía sus enseñanzas a los mismos de manera "peripatética urbana" se ponía serio y campanudo para asegurarles que "Felipe II había talado para construir sus barcos todas las acacias de los Monegros". Lo cuento tal como lo escuché.

Tales improperios ecológicos y otros similares van en la dirección de lamentar la llamada "degradación de ecosistemas naturales de Europa" que el Parlamento de nuestro continente trata de "restaurar". Está claro que tal supuesta restauración, tendente a reparar el paisaje originario, implica la disminución, a todas luces insostenible, de una parte significativa de los ecosistemas secundarios para la explotación agrícola y ganadera.

Una de las soluciones que se proponen es el aumento del espectro alimentario humano recurriendo incluso a las proteínas de los insectos, suponiendo que algún ministro no ponga el grito en el cielo escandalizado por la pérdida de bienestar de los pobres ortópteros. Perdonen las bromas pero más vale no tomar estas cosas demasiado en serio.

Tras las chanzas inevitables se esconde una realidad socioeconómica demoledora: si Europa no produce lo suficiente tendrá que importar alimentos de otros países, muchos de los cuales no cuentan con mecanismos legislativos tan exigentes como los nuestros desde el punto de vista de la limitación de la contaminación en las cadenas de producción; por ejemplo, del empleo de plaguicidas.

Muchos de los alimentos que importaremos se habrán producido con escaso o nulo escrúpulo desde el punto de vista laboral, eso si no llegan a estar recolectados y elaborados por verdaderos esclavos. Así de complejo es el problema desde el punto de vista no ya ecológico, sino humanitario.

¿Qué es lo que Europa quiere restaurar?

Para volver al paraíso perdido de los ecosistemas ancestrales de Europa tendríamos que intentar la recuperación de nuestros biomas: el bioma es un ecosistema que una vez llegado al equilibrio se mantiene estable en el tiempo si no se producen cambios ambientales especialmente trascendentes.

Es muy difícil encontrar en la actualidad, en nuestro continente, biomas verdaderos: por lo general los espacios que consideramos vírgenes son simples "comunidades serales", llamando así a ecosistemas medianamente degradados que suponen un paso intermedio hacia la consecución de verdaderos biomas. Veamos algún ejemplo.

La famosa anécdota atribuida a Estrabón, el cronista que acompañaba a las legiones romanas que se instalaron en Hispania, refiere que "una ardilla podría pasar de los Pirineos a Gibraltar sin tocar el suelo". No es cierto.

Lo que evoca la falsa anécdota es una Hispania absolutamente forestal, prácticamente una impenetrable selva. En realidad desde la antigüedad remota Hispania seguramente tuvo una importante superficie no de bosque, sino de matorral mediterráneo, sin contar con otros ecosistemas serales o intermedios, totalmente diferentes al bosque.

Es evidente que los continentes civilizados y ampliamente poblados como Europa y grandes áreas de América y de Asia, han tenido que renunciar a buena parte de sus biomas y también de sus comunidades serales para convertirlos en nuevos ecosistemas agrícolas o ganaderos.

En España hemos sacrificado ingentes superficies de nuestros bosques, caducifolios como los de la cornisa cantábrica, o mediterráneos como los de la España de los veranos tórridos, para convertirlos en nuevos ecosistemas como la estepa cerealista o la dehesa. También el matorral tuvo que retirarse en aras de la deforestación, y no siempre por el hombre, sino también por enemigos naturales como la sequía o el incendio.

No sería fácil convencer a un labrador castellano de que el ecosistema del que vive con su esfuerzo y sudor tiene un origen artificial, pero así es: las praderas de gramíneas cultivadas, como el trigo o la cebada, son la traducción de las verdaderas estepas, como las del centro de Eurasia, a la domesticación agrícola.

En cuanto a la dehesa, este ecosistema tan especial que imita los biomas de sabana africanos, es decir, praderas salpicadas de árboles, generalmente de quercíneas como la encina, el roble, el alcornoque o el quejigo, responde al aclarado del monte sin llegar a su deforestación total. La práctica de la ganadería extensiva, principalmente bovina y porcina, alterna con la conservación de buena parte de las especies de aves migratorias de Europa, al tiempo que alberga una fauna propia extraordinariamente importante.

Ante la oleada de ecologismo supuestamente puro de los verdes europeos hay que recordarles que casi todo está ya inventado. Se trata de mantener las prácticas agrícolas y ganaderas imprescindibles para un consumo propio que no necesite la importación de alimentos sin garantías ecológicas, sanitarias y sociales, sobre todo sociales.

La conservación de los ecosistemas autóctonos europeos, sobre todo de los verdaderos biomas más que de las comunidades serales, puede satisfacerse, al menos con exigencia de mínimos, mediante una política correcta de Parques Nacionales. Estados Unidos es un buen ejemplo de esta política conservacionista. Todos los biomas originarios de un país deberían contar al menos con un Parque Nacional, es decir, con una superficie correctamente protegida que al menos sirva de testimonio de lo que fue el "paraíso perdido".

Pedir más a estas alturas de la película del desarrollo es resignarse a comer hamburguesas de polvo de grillo o llorar por el bienestar de los sufridos animales de consumo.

O lo que es peor, resignarnos a tener "siervos de la gleba", por no decir esclavos, en los países en vías de desarrollo.

Miguel del Pino, catedrático de Ciencias Naturales.

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