
Que las apariencias engañan lo sabe todo el mundo desde pequeñito, si no es tonto o crédulo. Cuando uno ve el vídeo de Feijóo, parece que estamos ante un San Alberto sencillo, eficaz y decente. El problema es que, tras consultar el santoral, hay muchos santos que se llaman Alberto. Nada menos que 12. Habría que afinar para ver con cuál de la docena han pretendido identificarlo sus asesores. Con San Alberto Magno, el maestro de Tomás de Aquino, parece que no. Pero con San Alberto Hurtado Cruchaga, sacerdote chileno del siglo XX, abogado, sindicalista y jesuita, tal vez.
En todo caso, ninguno de los san Albertos que en el reino de los cielos habitan parece que practicaran el chantaje a cara descubierta. Es evidente que el nacimiento de Vox, surgido de las entrañas de los heroicos populares vasco-navarros, le causó un gran problema al PP descafeinado durante los primeros años. Su obsesión por aniquilarlo condujo, con otras porquerías, al hundimiento del partido hasta los 66 escaños (tuvo 186 en 2011) y a la liquidación de quien parecía iba a ser un dirigente con posibles, Pablo Casado. Pero, claro, el suyo fue un ataque directo, inesperado, incluso personal a Santiago Abascal. Desde entonces, la opción fundamental ha sido el chantaje político, al que Vox no ha encontrado por ahora una receta eficaz para aliviar el daño y mucho menos, un antídoto duradero, salvo chantaje recíproco al PP.
Lo del chantaje político es una práctica bien antigua que consiguió gran predicamento durante el estalinismo. Cuando encontró el diamante electoral del fascismo en la Europa de la guerra y la posguerra, el Kremlin anunció al mundo que todo el que no fuera comunista podría ser sospechoso de simpatías fascistas, una táctica que funcionó electoralmente en las democracias occidentales y ayudó a los propósitos totalitarios en la Europa del Este. De este modo, se chantajeaba a los demás partidos y al electorado. O me votas o diré que eres fascista. Aún quedan restos de esta intimidación que, por ejemplo, hizo que muchos, sobre todo intelectuales acéfalos, no presumieran la inocencia de los liquidados en los procesos de Moscú. La extorsión cala.
Lo del PP sobre Vox presenta otra modalidad aunque responde al mismo canon. Puede formularse así: "Como tengo más votos y diputados que tú, o me das tu votos sin condiciones para que yo forme gobierno en solitario o diré que has facilitado el gobierno de la izquierda". Es más, la coerción alcanza a los votantes a los que se trata de encerrar en el redil del voto útil. O votas al PP o serás cómplice de la pérdida de la oportunidad de gobernar.
Si además se le añade la casuística, aquella práctica jesuita de actuar según los casos y no según los principios éticos. De ese modo, según las circunstancias y los casos, matar, mentir, calumniar, robar y demás fechorías posibles, pueden estar justificadas o no. No diré yo que no tenga una pensada por eso de las circunstancias atenuantes o agravantes pero si se aplica sin mesura y a las cuestiones mayores y menores, puede degenerar en una ética caprichosa y falaz. O sea, que da la impresión de que san Alberto Feijóo tiene más que ver, en efecto, con el santo chileno: abogado, sindicalista y casuístico. En Valencia, sí. En Extremadura y Murcia, no. En Baleares, según y cómo, como en Aragón.
Por su parte, Vox practica otro chantaje, menos fino porque queda con el culo al aire, pero muy efectivo a corto plazo. Es el chantaje de la minoría. En España, ha habido una larga experiencia de chantaje político por parte de las minorías nacionalistas a los gobiernos electos desde la Transición. En la izquierda, fue ejemplar el chantaje de Podemos cuando trató de imponer un gobierno al PSOE, que era el partido mayoritario, o ir a otras elecciones, que fuimos. La postura de Vox es bien sencilla: tenemos que entrar en los gobiernos cuando el PP no consiga la mayoría absoluta o, en otro caso, pinchamos la pelota y forzamos nuevas elecciones. Este procedimiento intimidatorio es menos elegante, es más visible y está muy expuesto a la demagogia del adversario.
Vox no ha encontrado el remedio eficaz para eludir el chantaje del PP ni afina los modos y maneras para mejorar el que él mismo practica. Por eso, está perdiendo la batalla de la propaganda y con ella, la batalla de los votos. Ya lo probó en Madrid. Partiendo de los 52 escaños de 2019 ninguna encuesta le concede más de 40 en las del 23 de julio.
Y aquí estamos los ciudadanos, propietarios de los votos, asistiendo atónitos a este chantaje mutuo que puede poner en peligro la alternativa a un Pedro Sánchez que, de estar desesperado hace unos meses –hasta el punto de convocar las elecciones en este caluroso julio—, pasa a estar cerca de reeditar un gobierno monstruoso y antinacional. San Alberto y San-tiago están a punto de condenarnos al infierno. ¿Se dan cuenta de que están alimentando la abstención de muchos?
